viernes, 2 de mayo de 2014

La sombra del Caudillo (Martín Luis Guzmán)



EL CHEQUE DE LA “MAY-BE”

A la una de la tarde del día siguiente Ignacio Aguirre se hallaba solo en su despacho de la Secretaría de Guerra. Ignoraba aún las atrocidades cometidas con Axkaná y esperaba que éste viniese en su busca de un momento a otro, según costumbres de los dos amigos a tales horas. Entre tanto, aguardando, meditaba. Tenía el codo apoyado sobre la mesa –libre entonces de papeles-, el puro en la boca, y los dedos de la mano atentos a acariciar, con deleite, la fina epidermis del tabaco.
Poco antes, por la puerta de la antesala, había entrado un oficial del Estado Mayor con la lista de las personas que solicitaban audiencia. Sin leer los nombres ni cambiar de postura, Aguirre había dicho:
—¿Mucha gente?
—Ochenta y nueve, mi general.
—Muy bien; no recibo a nadie.
Minutos después, por otra puerta, el mismo oficial había vuelto a presentarse. Preguntaba ahora si el ministro celebraría acuerdo esa tarde con los jefes de los departamentos pendientes de turno desde hacía dos semanas. Aguirre, impaciente y con destemplanza, había respondido:
—Cuando haya acuerdo lo comunicaré yo. Dígalo así a los jefes que preguntan… Y usted también, ¿a qué hora va a parar de estarme molestando?
Tras de lo cual, en fuga los entes del mundo oficinesco, el ministro de Guerra había podido seguir, por trecho considerable, el hilo de sus reflexiones.
Estas no se referían, como pudiera creerse, a los intereses de la República ni a las labores del ministerio. Aguirre sólo pensaba en su situación personal. Esa mañana había creído descubrir la fórmula aplicable a su lucha con Hilario Jiménez, a su conflicto con el Caudillo, y desde entonces no hacía sino entregarse de lleno, con la morbosidad de la idea fija, a los planes que esperaba llevar muy pronto a la práctica.
Quince minutos habrían pasado así cuando apareció por la puerta del pasillo –puesto el sombrero, el bastón en ristre- la figura de Remigio Tarabana.
—¿Hay paso?
Aguirre no se movió de su asiento, no volvió el rostro siquiera. Se contentó con ver de soslayo al visitante, conforme murmuraba entre dientes y puro:
—Hay paso.
Tarabana caminó entonces hasta el centro de la habitación y allí se detuvo. Traía ese aire, medio irónico, medio cínico, que en él quería decir: “negocio hecho”. Luego, en vista de que Aguirre no se dignaba fijar los ojos en él, se acercó hasta la mesa, acentuando al andar la sonrisa y el talante de su buena fortuna.
—¡Vaya una manera –exclamó- de recibir al mejor de los amigos, o, por lo menos, al amigo más útil!
Y trasladando a los actos el énfasis de las palabras, tiró de una butaca, se sentó, puso en la mesa el bastón y el sombrero y se dio a tamborilear sobre cuanto quedaba a su alcance. Aguirre no se movía.
—Pero ¿es que no hablas hoy? –dijo Tarabana; y agregó luego, soliloquiando-: Veremos si habla o no habla.
Sacó su cartera; de ella extrajo un papelito amarillo, que dobló con esmero, en forma que hiciera puente, y en seguida, poniéndolo sobre la mesa y dándole un papirotazo, hizo que viniera a quedar junto a la mano de Aguirre.
—¡Ahí va eso! –había dicho al momento de lanzar su proyectil.
Aguirre volvió entonces de su abstracción. Tomó el papel, lo desdobló y, de una ojeada, leyó en él las líneas de caracteres más visibles. El papelito amarillo era un cheque que decía:
Bank of Montreal.—Páguese al portador la cantidad de veinticinco mil pesos.—May-be Petroleum Co.—By M. D. Woodhouse.
—No está mal el negocio. El terreno me había costado novecientos pesos.
Y otra vez dejó Aguirre el cheque sobre la mesa.
Tarabana, mientras tanto, empapaba su sonrisa en cinismo e ironía.
—¡Con que al fin hablaste! ¡Con que no estás mudo! ¡Veinticinco mil pesos para que el joven ministro se quitara el puro de la boca y despegara los labios!... Sí, señor; eso es lo que dan por el terreno… por el terreno y por el servicio, o, si ha de decirse la verdad, sólo por el servicio, pues el terreno, a lo que me figuro, no vale ni cuartilla. Pero en fin, lo importante es que lo dan, y que lo dan sin que haya de firmarse ninguna escritura… ¿Quieres hacerme el favor de guardarte ese cheque en la cartera, en vez de abandonarlo de ese modo, como si nada te importase?
Aguirre dejó el cheque donde estaba.
—Y el servicio –preguntó-, ¿en qué consiste? Dímelo con entera exactitud.
—¡Otra vez! Lo he dicho de doscientas maneras: en dar las órdenes para que los terrenos ocupados por la Cooperativa Militar vuelvan desde luego a la “May-be Petroleum Co.”; y esto en vista de que la compañía (fíjate bien, porque así han de expresarlo las comunicaciones), en vista de que la compañía tiene perfectamente demostrados, a satisfacción de la Secretaría de Guerra, los derechos que le asisten…
—Muy bien, muy bien. Llama a Cisneros y díctale el oficio tú mismo.
—¡No, señor! ¡Nada de Cisneros! Estos no son asuntos de la secretaría particular. Las comunicaciones debe girarlas el departamento con todos los requisitos que sean del caso. Tal fue el convenio.
—Pero, ¿cuándo dijiste tú que había de girarlas necesariamente el departamento?
—Dije que las órdenes debían ir en regla, que da lo mismo… En fin, no discutamos. Si no te parece, desharemos lo hecho: devuelvo sus veinticinco mil pesos a la “May-be” y santas pascuas. Por otra cosa no paso… ¡Qué demonios! Esas gentes hacen demasiado pagando porque se las trate con justicia. ¿Y todavía así vamos a engañarlos? Ni como agente de ellos, ni como amigo tuyo avengo… Es además una vergüenza que la Secretaría de Guerra apoye en sus latrocinios a un grupo de militares bribones que andan organizando empresas petroleras con terrenos ajenos.
—El Caudillo les sugirió la idea.
—Tanto peor… Y así y todo, apuesto lo que gustes a que el Caudillo, y eso a pesar de ser él capaz de apropiarse todo México, no te ha dicho una sola vez que autorices el despojo de la “May-be”.
—Francamente no me lo ha ordenado nunca; pero con embozo, no una vez, muchísimas.
—Pues desautoriza entonces lo que se pretende, porque es un robo. Lo aseguro yo.
Aguirre estuvo un momento pensativo. Luego, tomando el cheque de sobre la mesa, observó:
—¿Y esto, Tarabana? ¿No hay también algo parecido al robo en el simple hecho de que acepte yo este dinero que tú me traes?
—Depende, hombre, depende… Axkaná, por ejemplo, diría que sí; pero Axkaná es hombre de libros. Yo, que vivo sobre la tierra, aseguro que no. La calificación de los actos humanos no es sólo punto de moral, sino también de geografía física y de geografía política. Y siendo así, hay que considerar que México disfruta por ahora de una ética distinta de las que rigen en otras latitudes. ¿Se premia entre nosotros, o se respeta siquiera, al funcionario honrado y recto, quiero decir al funcionario al que se tendría por honrado y recto en otros países? No; se le ataca, se le desprecia, se le fusila. ¿Y qué pasa aquí, en cambio, con el funcionario falso, prevaricador y ladrón, me refiero a aquel a quien se le calificaría de tal en las naciones donde imperan los valores éticos comunes y corrientes? Que recibe entre nosotros honra y poder, y, si a mano viene, aun puede proclamársele, al otro día de muerto, benemérito de la patria. Creen muchos que en México los jueces no hacen justicia por falta de honradez. Tonterías. Lo que pasa es que la protección a la vida y a los bienes la imparten aquí los más violentos, los más inmorales, y eso convierte en una especie de instinto de conservación la inclinación de casi todos a aliarse con la inmoralidad y la violencia. Observa a la policía mexicana: en los grandes momentos siempre está de parte del malhechor o es ella misma el malhechor. Fíjate en nuestros procuradores de justicia: es mayor la consideración pública de que gozan mientras más son los asesinatos que dejan impunes. Fíjate en los abogados que defienden a nuestros reos: si alguna vez se atreven a cumplir con su deber, los poderes republicanos desenfundan la pistola y los acallan con amenazas de muerte, sin que haya entonces virtud capaz de protegerlos. Total: que hacer justicia, eso que en otras partes no supone sino virtudes modestas y consuetudinarias, exige en México vocación de héroe o de mártir.
Aguirre había escuchado el discurso de Tarabana con demostraciones de complaciente incredulidad. Esbozaba sonrisas. Nada respondía. Tarabana prosiguió:
—Con que ya lo sabes. ¿Te sientes héroe? Devuélvele su cheque a la “May-be” y hazle justicia gratuitamente, de oficio. Porque devolverle el cheque y dejarla en el aprieto no sería honrado tampoco: equivaldría a ponerse de parte de los que roban. ¿Que no te sientes héroe ni cómplice del salteador? Muy bien; entonces debes aceptar lo que se estima vale tu servicio y prestarlo. Exigir más de ti se pasaría de lo justo. La nación te paga porque seas ministro de la Guerra (cargo que ocupas por motivos del todo ajenos al sueldo), pero no te paga para que concites en contra tuya los odios y los riesgos de proceder rectamente. Así las cosas, lo verdaderamente honrado consiste en obrar bien a cambio de honorarios equitativos. ¿Cuánto valen los terrenos que pelea la “May-be”? Dos o tres millones de pesos. ¿A ti cuánto puede costarte el simple hecho de declarar que los títulos de la compañía son legalmente intachables? No lo sabes tú mismo: el rompimiento final con el Presidente, el odio de muchos generales, tu carrera política, tu vida… ¿Por qué, pues, ha de haber robo en el hecho de que aceptes una pequeñísima suma a cambio de actos que, si no los ejecutas, te colocan de parte de los verdaderos pícaros, y si los ejecutas te exponen, de seguro, a dar tarde o temprano más de lo que ahora recibes? Créeme que, procediendo así, tú o cualquier ministro de los gobiernos de México se portan con mayor honradez que los cirujanos que cobran cinco mil pesos por una operación o los abogados que ponen minutas de cien mil. Quiero decir que los ministros, en tales casos, explotan menos su capacidad, ganan más a conciencia su dinero.
Aguirre, con el cheque entre los dedos, seguía sonriendo. Al fin exclamó:
—¿Quieres que te diga la verdad, Tarabana? Eres un sinvergüenza de mucho talento y yo, aunque sin tu talento, soy otro sinvergüenza.
—¡Hombre!
—… Sí. Ahora, que a mí me queda una virtud que tú ya has perdido: la de no justificarme, la de saber que soy un sinvergüenza y reconocerlo de plano. ¿A que no lo declaras tú con la misma sencillez?
—Diría una mentira.
—Dirías la verdad; sería entonces cuando dirías la verdad…
—Yo te aseguro que…
—¡Ah! ¿No? Muy bien, muy bien; dejemos entonces el punto y vamos a lo que importa. Mira: me embolso los veinticinco mil pesos. Voy también a darte las comunicaciones según las quieres. Pero ya que hablas de moral, no confundas los móviles. ¿Sabes por qué tomo el dinero? No porque me figure que el tomarlo está bien hecho; no soy tan necio. Lo tomo porque lo necesito, razón, ésta sí, definitiva, concluyente: “porque lo necesito”. En cuanto a tus silogismos, no podrían convencerme; son buenos para los acomodaticios y los pusilánimes, y yo, aunque sinvergüenza, no me rebajo a tal extremo. Soy un sinvergüenza, pero un sinvergüenza dotado de valor y de voluntad.
Al pronunciar las últimas palabras, Aguirre había tocado uno de los timbres que alineaban sobre la mesa. Segundos después su secretario particular apareció.
—Señor Cisneros –ordenó el ministro-, vaya usted en persona, se lo ruego, a la oficina del general Olagaray y dígale que se presente aquí inmediatamente trayendo el legajo de la “May-be”.


1929

martes, 25 de marzo de 2014

Ulises criollo (José Vasconcelos)



ADRIANA

Con motivo de estas innobles embestidas de la oposición, me referiré a la mujer que ejerció tanta influencia en cierta época de mi vida. La llamaremos Adriana. Se presentó en mi despacho con tarjeta del propio Madero. Necesitaba abogado, pero no ante los tribunales, sino ante la opinión. Hacía tiempo que la molestaban bajamente sólo porque se había atrevido a inaugurar un servicio de enfermeras neutrales, cuando la Cruz Roja porfirista declaró que no curaría a los rebeldes. El país entero aclamo entonces como heroína a quien supo reclutar mujeres y médicos para acudir al campo rebelde, desatendiendo el servicio oficial. Pero ahora se volvían contra ella, a veces hasta los mismos que la habían aplaudido. Su fidelidad al Gobierno la arrastraba en la misma ola de fango que a nosotros nos batía. Sin titubeo escribí una serie de artículos apasionados en defensa de la correligionaria y en homenaje de la mujer cuya belleza notoria desde el primer momento me fascinó. Para caracterizar su atractivo desenterré la frase de Eurípides: “Hermosura punzante como la de una rosa…”
Era una Venus elástica, de tipo criollo provocativo y risa voluptuosa. Pronto comprobé que era una de las raras mujeres que no desilusionan en la prueba, sino que avivan el deseo, acrecientan la complacencia más allá de lo que promete la coquetería y lo que exige la ambición.
Para platicar de sus asuntos me visitaba en el bufete cuando concluía la jornada. Algunas veces esperaba mientras atendía a algún cliente de última hora o daba las órdenes para el trabajo del día siguiente. Luego salíamos; tomados del brazo, caminando por las calles más concurridas, olvidados de la gente y sus acechanzas. Acababa de ascender Madero a la Presidencia. Celebraba la ciudad las “posadas” tradicionales; mi esposa las festejaba con sus amistades de Oaxaca. Los familiares de Adriana también se divertían en su círculo. Ella y yo, los dos solitarios, más bien acompañados del mundo, comprábamos de paso la langosta en el Colón, y champaña, y tomábamos el camino de Tizapán. Vivía allí, en una pequeña quinta que le cediera provisionalmente su padre, modesta de habitaciones, pero con un jardín lozano y árboles seculares.
Las palabras de Adriana fluían como las notas de la flauta que hipnotiza a las bestias. Desde hacía años la serpiente de mi sensualidad reclamaba una encantadora. A su lado brotaba de mi corazón la ternura y de mis sentidos el goce. La boca de Adriana, fina y pequeña, perturbaba por un leve bozo incesante. Unos dientes blancos, bien recortados, intactos sobre la encía limpia, iluminaban su sonrisa. La nariz corta y altiva temblaba en las ventanillas voluptuosas, un hoyuelo en cada mejilla le daba gracia, y los ojos negros, sombreados, abismales, contrastaban con la serenidad de una frente casi estrecha y blanca, bajo la negra cabellera abundosa. Decía de ella la fama que no se le podía encontrar un solo defecto físico. Su andar de piernas largas, caderas anchas, cintura angosta y hombros estrechos, hacían volver a la gente a mirarla. Largo el cuello, corto el busto, aguzados los senos, ágilmente musical el talle, suelto el ademán, estremecía dulcemente el aire desalojado por su paso. Bajo la falda, una pantorrilla gruesa remataba en tobillo airoso, redondo, y empeine arqueado de danzarina. El vientre de Adriana era digno de la esmeralda de Salomé. Deprimido el estómago, adelantado en el pubis. Cuando vestía seda entallada, color de vino, su cutis delicado era nácar y oro. Y bastaba tocarle la mano para sentir la voluptuosidad de los serrallos.
Tan rara perfección del demonio andaba ya por los treinta y no había llegado a bailarina famosa ni a reina. De broma solía decirle que era lo mejor del botín revolucionario, por lo que yo me la adjudicaba. La vida anterior de Adriana era un tanto misteriosa; casada y divorciada una vez, viuda otra, conocía el idioma inglés con esa perfección que no se adquiere en los libros. Por el Sur de Estados Unidos vivió una temporada y allí aprendió enfermería. Entre sus ascendientes había un ministro de Juárez y emigrantes vascos establecidos desde antiguo por Veracruz. Era perseguida de pretendientes y murmuradores. Para dormir a su lado era preciso guardar un ojo al acecho. Especialmente en aquella casa quinta de árboles frondosos y tapias altas, donde caían, ya tarde, dos o tres hermanos celosos.
Uno de los más recientes caprichos de Adriana había sido presentarse en una asamblea de estudiantes de Medicina, donde se hacía censura de su gestión como enfermera en campaña. Al principio, su belleza se impuso; pero se mostró gobiernista en su discurso, y ciertos galanteadores despechados hicieron correr la voz de que era amante de Madero; la heroica asamblea se puso a sisearla. Ocurrió todo esto días antes de que yo la dirigiera. Lo primero que le aconsejé fue la abstención completa de toda presencia en público y el silencio. Que me dejara a mí liquidar esas cuentas; ya llegaría la ocasión.
Se presentó ésta, justamente, con motivo de las manifestaciones antimaderistas que siguieron a la vista de Manuel Ugarte. Los estudiantes, equivocados, se hacían instrumento de los enemigos del nuevo régimen o del sentir de sus familiares heridos en algún interés personal, o simplemente resultaban un reflejo de la pasión acumulada en el ambiente del momento. Lo cierto es que llevaban días de celebrar juntas y pronunciar discursos por plazas y calles. Nos acusaban de falta de patriotismo. El Gobierno despilfarraba, si no es que robaba, los dineros de la reserva acumulada por Porfirio Díaz. La nación estaba en peligro. La juventud debía actuar. Crecidos en sus exigencias, los alumnos de Jurisprudencia echaban de la Dirección a Luis Cabrera. Otro grupo se había ido a buscar profesores del porfirismo para fundar la Escuela Libre de Derecho. Para campeones de la ley buscaban a los antiguos servidores de la tiranía. Sin embargo, todo el mundo observaba y callaba. La prensa toda tomó el partido de la “juventud”. Se erguía el fetiche del estudiante.
Tanta confusión de valores me irritaba aun sin estar yo mezclado en ella, pero ahora la amistad con Adriana me encendió. Llamé a un reportero del diario más leído; le entregué unas declaraciones. Recordaba en ellas el envilecimiento de la clase estudiantil durante el porfirismo. Hacía memoria de las mascaradas de adhesión al caudillo encabezadas con los estandartes de las escuelas que tantas veces así deshonramos. Que no anduvieran hablando ahora de la libre Escuela de Jurisprudencia, porque no había sabido serlo durante la tiranía y ahora abusada de la libertad. “Que no se ufanaran nada más de ser jóvenes, porque se podía ser joven y servil como lo fuera la mayoría que no se conmovió con nuestra prédica revolucionaria, que no contribuyó al peligro ni oyó la voz del deber…” El efecto fue inmediato; se juntaron todas las escuelas y decidieron celebrar una manifestación de protesta en contra de mi persona. Por momentos recibía de los amigos las noticias de la marcha de los debates y de los términos del plan aprobado. Los diarios de la tarde publicaron los discursos adversos y el programa de la manifestación hostil. Una palpitación de odio conmovió a la ciudad. A eso de las seis de la tarde desembocaba la columna por Plateros. Varios miles de colegiales venían de sus escuelas del rumbo de San Ildefonso y se dirigían a mi despacho en la calle San Francisco. Avanzaban por la avenida gritando “mueras” y deteniéndose en las esquinas para pronunciar discursos. El público de paseantes, que a esa hora llena la avenida, escuchaba con maledicencia y curiosidad. Por la lengua ingenua de la juventud hablaba el rencor anónimo. Algunos oradores no me conocían, pero se exaltaban adjetivándome. Cuando llegaron casi a la esquina de la High Life, cerré mi balcón y bajé a la calle para curiosear. Me situé enfrente por el callejón de los Azulejos. Allí, con la salida franca, escuché la algarabía. No pasó de algún vidrio roto en los bajos. Los manifestantes llegaron ya cansados, y como mi balcón era alto y lo vieron a oscuras, duraron poco en su labor ofensiva. Se dispersaban ya cuando un grupo me vio, al borde de la acera. La sorpresa de encontrarme a pie, revuelto entre ellos, me dio tiempo para cambiar de calle y perderme de nuevo entre la gente. A la vuelta tomé un taxi. No había querido que uno solo de mis amigos me acompañara en el trance, porque secretamente y en el sitio previamente convenido me esperaba Adriana. La encontré excitada, nerviosa, casi dichosa. Ella también había buscado la manifestación y desde un auto la siguió a distancia.
¿Ahora qué haría yo? ¡Qué bien que les había dolido el castigo! ¿Y qué más iba yo a decirles? Por lo pronto resolvimos cenar juntos. Después, ¡si los muchachos hubieran podido imaginar mi gratitud! Pocas veces un vencedor fue tan ampliamente recompensado.


 1935


domingo, 9 de marzo de 2014

Mujeres (Charles Bukowski)

Donny trajo la bebida y se puso a hablar con Dee Dee. Parecían conocer a la misma gente. Yo no conocía a nadie. Costaba mucho lograr excitarme. No me importaba. No me gustaba Nueva York. No me gustaba Hollywood. No me gustaba el rock. No me gustaba nada. Quizás tuviese miedo. Eso era, sentía miedo. Quería sentarme solo en una habitación con las persianas bajadas. Me recreé un poco con ello. Yo era chiflado. Un lunático. Y Lydia se había ido.
Acabé mi bebida y Dee Dee me pidió otra. Empecé a sentirme como un chulo mantenido y era magnífico. Ayudaba a mi melancolía. No hay nada peor que estar en la ruina y ser abandonado por tu mujer. Nada qué beber, sin trabajo, sólo las paredes, sentarse allí mirando a las paredes y cavilando. Así es como vuelven las mujeres a ti, pero hace daño y a ellas también las debilita. O eso me gustaba creer.
El desayuno era bueno. Huevos guarnecidos con una variedad de frutas… piñas, melocotones, peras… grandes nueces de temporada. Era un buen desayuno. Acabamos y Dee Dee me pidió otra copa. El pensamiento de Lydia todavía continuaba dentro de mí, pero Dee Dee me gustaba. Su conversación era inteligente y entendida. Conseguía hacerme reír, que era lo que necesitaba. Mi risa estaba allí concentrada dentro de mí esperando a salir como un volcán: JAJAJAJAJA, oh dios mío oh JAJAJAJAJA. Me sentía muy bien cuando ocurría. Dee Dee sabía unas cuantas cosas acerca de la vida. Dee Dee sabía que lo que le pasaba a uno le pasaba a la mayoría de nosotros. Nuestras vidas no eran tan diferentes, aunque nos gustase pensar lo contrario.
El dolor es extraño. Un gato que mata a un pájaro, un coche accidentado, un incendio… llega el dolor, BANG, y allí está, se introduce en ti. Es real. Y para cualquiera que te vea, parecerás un imbécil. Como si te hubiese caído una idiotez repentina. No hay cura para ello mientras no encuentres a alguien que comprenda cómo te sientes y sepa cómo ayudarte.
Volvimos a su coche.
-Conozco justo el lugar donde llevarte para que te animes –dijo Dee Dee. Yo no contesté. Me dejaba llevar como si fuera un inválido. Lo que era.
Le dije a Dee Dee que parase en un bar. Uno de los suyos. El camarero la conocía.
-Este –me dijo mientras entrábamos- es el bar donde se dejan caer muchos escritores. Y también gente de teatro.
Todos me disgustaron inmediatamente, ahí sentados actuando como seres inteligentes y superiores. Tratando de anularse entre sí. La peor cosa para un escritor es conocer a otro escritor, y peor que eso, conocer a muchos escritores. Como moscas en la misma trampa.
-Vamos a coger una mesa –dije yo. Y allí estaba, un escritor de 65 dólares a la semana sentado en una sala rodeado de otros escritores, escritores de mil dólares a la semana. Lydia, pensé, estoy prosperando. Te arrepentirás. Algún día entraré en restaurantes de lujo y seré reconocido. Tendrán reservada una mesa especial para mí en el fondo, junto a la cocina.
Nos trajeron nuestras bebidas y Dee Dee me miró.
-Eres bueno con la lengua. Nunca nadie me lo ha comido tan bien.
-Lydia me enseñó. Luego yo le añadí algunos toques propios.
Un joven de piel oscura se levanto y se acercó hasta nuestra mesa. Dee Dee nos presentó. El chico era de Nueva York, escribía para el Village Voice y otras revistas de Nueva York. Dee Dee y él se entregaron por un rato al parloteo de nombres y entonces él preguntó:
-¿Qué hace tu marido?
-Tengo un gimnasio –dije-. Boxeadores. Cuatro buenos chicos mexicanos. Y un chaval negro. Un verdadero bailarín. ¿Cuánto pesas tú?
-78 kilos. ¿Fuiste boxeador? Tu cara parece haber recibido buenas zurras.
-He recibido unas cuantas. Podemos meterte en los 70 kilos. Necesito un peso ligero sudaca.
-¿Cómo has sabido que yo era sudamericano?
-Estás sosteniendo el cigarrillo con la mano izquierda. Pásate por el gimnasio de Main Street. El lunes por la mañana. Empezaremos a entrenarte. Los cigarrillos fuera. ¡Puedes ir tirando ése!
-Oye, tío, yo soy escritor. Uso una máquina de escribir. ¿Nunca has leído nada mío?
-Yo sólo leo la página de sucesos… asesinatos, violaciones, peleas, estafas, accidentes y la columna de Ann Landers.
-Dee Dee –dijo él-, tengo una entrevista con Rod Stewart dentro de treinta minutos. Tengo que irme. –Se fue.
Dee Dee pidió otro par de copas.
-¿Por qué no te puedes comportar decentemente con las personas? –me preguntó.
-Por miedo –dije yo.
(1979)