martes, 7 de enero de 2014

Kim (Rudyard Kipling)



El porche trasero de la tienda estaba construido sobre la ladera cortada a pico, y al asomarse se veían debajo los cañones de las chimeneas de los vecinos, como es normal en Simla. Pero incluso más que el desayuno decididamente persa preparado por el sahib Lurgan con sus propias manos, a Kim le fascinó la tienda. El museo de Lahore era más grande, pero aquí había más maravillas: dagas de fantasmas y ruedas de oraciones del Tíbet; collares de turquesas y de ámbar en bruto; brazaletes de jade verde; bastoncitos de incienso curiosamente empaquetados en tarros con incrustación de granates en bruto; las máscaras de diablos de la noche anterior y una pared cubierta de colgaduras de color azul eléctrico; Budas dorados y altarcitos portátiles de laca; samovares rusos con turquesas en la tapa; juegos de delicadísima porcelana en extrañas cajas octogonales de caña; crucifijos de marfil amarillo… procedentes nada menos que de Japón, según manifestó el sahib Lurgan; alfombras en fardos polvorientos, espantosamente malolientes, escondidas tras biombos rotos y podridos de dibujo geométrico; aguamaniles persas para lavarse las manos después de las comidas; incensarios de cobre mate, ni chinos ni persas, con una banda de fantásticos demonios corriendo por toda su circunferencia; cinturones de plata deslustrada que se anudaban como cuero sin curtir; horquillas de jade, marfil y calcedonia; armas de todos los tipos y clases, y un millar de otras curiosidades estaban embaladas, o amontonadas, o simplemente tiradas por la habitación dejando tan sólo un espacio libre en torno a la desvencijada mesa de madera donde trabajaba el sahib Lurgan.
-Esas cosas no son nada –dijo su anfitrión, siguiendo la mirada de Kim-. Las compro porque son bonitas, y a veces las vendo… si me agrada el aspecto del comprador. Mi trabajo está sobre la mesa… parte de él.
Las piedras preciosas resplandecían con la luz de la mañana: destellos rojos y azules y verdes, subrayados por la violenta llamarada azul casi blanca de un brillante de cuando en cuando. Los ojos de Kim se dilataron de admiración.
-Sí, esas piedras están muy bien. No les perjudica tomar el sol. Además son baratas. Pero con las piedras enfermas es muy distinto. –Llenó de nuevo el plato de Kim-. Nadie, excepto yo, sabe cómo tratar una perla enferma y devolver el azul a las turquesas. No incluyo los ópalos, cualquier necio puede sanar un ópalo, pero para una perla enferma sólo estoy yo. ¡Supón que me muriera! Entonces no quedaría nadie… ¡No, no! no puedes hacer nada con joyas. Será suficiente con que entiendas algo acerca de la Turquesa…, algún día.
Se trasladó al extremo del porche para volver a llenar en el filtro la pesada jarra de arcilla porosa.
-¿Quieres beber?
Kim asintió con la cabeza. El sahib Lurgan, a cinco metros de distancia, puso una mano en la jarra. Un instante después estaba junto al codo de Kim, llena hasta un centímetro del borde, y tan sólo una pequeña arruga en el mantel blanco marcaba el lugar por donde se había deslizado.
Kim lanzó una exclamación de absoluto asombro.
-Eso es magia.
La sonrisa del sahib Lurgan reveló que el elogio le había complacido.
-Lánzamela.
-Se romperá.
-Te digo que me la vuelvas a tirar.
Kim la arrojó al azar. Se quedó corta y cayó, rompiéndose en cincuenta pedazos, al mismo tiempo que el agua se derramaba por las tablas sin desbastar las tablas del porche.
-Dije que se rompería.
-No importa. Mírala. Fíjate en el trozo más grande.
El trozo más grande tenía un brillo de agua en la curva, como si fuese una estrella sobre el suelo. Kim miró con fijeza. El sahib Lurgan le puso suavemente una mano en la nuca, se la acarició dos o tres veces y susurró:
-¡Fíjate! Las piezas van a unirse otra vez, una a una. Primero el trozo más grande se unirá con los dos que tiene a derecha e izquierda… a derecha e izquierda. ¡Fíjate!
Kim no hubiera podido volver la cabeza ni por salvar la vida. La suave caricia le mantenía como atornillado, y sentía un agradable hormigueo por todo el cuerpo. Había ya un trozo muy grande de jarra en lugar de los tres anteriores, y sobre ellos la imprecisa silueta de la vasija en su totalidad. Kim veía el porche a través suyo, pero se espesaba y oscurecía con cada latido del pulso. Y sin embargo -¡qué despacio acudían los pensamientos!- la jarra se había roto delante a sus ojos. Otra oleada de fuego cosquilleante le corrió cuello abajo al mover la mano el sahib Lurgan.
-¡Fíjate! Ya está adquiriendo forma –dijo su anfitrión.
Hasta entonces Kim había estado pensando en hindi, pero tuvo un estremecimiento, y con un esfuerzo como el de un nadador que, al ver tiburones, se proyecta a sí mismo a medias fuera del agua, su mente salió de una oscuridad que se la estaba tragando y se refugió en… ¡la tabla de multiplicar en inglés!
-¡Fíjate! Ya se está formando.
La jarra se había roto… sí, roto…, la palabra indígena, no; no iba a pensar en ella… sino en romper, roto… en cincuenta trozos, y dos veces tres eran seis, y tres veces tres eran nueve, y cuatro veces tres, doce. Se aferró desesperadamente a la repetición. La silueta imprecisa de la jarra se disolvió como una niebla después de frotarse los ojos. Allí estaban los pedazos rotos; el agua derramada secándose al sol, y a través de las grietas del suelo del porche se veía, dividida en franjas, la pared blanca de la casa de abajo… y ¡tres veces doce eran treinta y seis!
-¡Fíjate! ¿No está adquiriendo forma? –preguntó el sahib Lurgan.
-Pero está rota…, rota –jadeó Kim. El sahib Lurgan llevaba medio minuto murmurando en voz baja-. ¡Mire! ¡Dekho! Está igual que antes.
-Está igual que antes –dijo Lurgan, contemplando a Kim detenidamente mientras el muchacho se frotaba el cuello-. Pero tú eres el primero entre muchos que lo ha visto así. –Se limpió el sudor de la amplia frente.
-¿También eso era magia? –preguntó Kim, receloso. Había desaparecido el hormigueo de su cuerpo y se sentía extraordinariamente despierto.
-No; no era magia. Se trataba tan sólo de ver si había… un defecto en una joya. A veces joyas muy finas se deshacen si un hombre las aprieta con la mano y sabe cómo hacerlo. Por eso hay que tener cuidado antes de montarlas. Dime, ¿viste la forma de la jarra?
-Durante muy poco tiempo. Empezó a crecer del suelo como una flor.
-Y después, ¿qué hiciste? Quiero decir, ¿cómo pensaste?
-Sabía que estaba rota y, por lo tanto, creo, eso fue lo que pensé… y estaba rota.
-¡Hummm! ¿Hay alguien que haya hecho este tipo de magia contigo anteriormente?
-Si así fuera –dijo Kim-, ¿cree usted que lo permitiría una segunda vez? Saldría corriendo.
-Y ahora no tienes miedo, ¿eh?
-Ahora no.
El sahib Lurgan le miró con más detenimiento que nunca.
-Se lo preguntaré a Mahbub Alí… ahora no, dentro de unos días –murmuró-. Estoy contento contigo…, sí; y estoy contento contigo…, no. Eres el primero que se ha librado. Me gustaría saber qué ha sido lo que… Pero tienes razón. No debes decirlo…, ni siquiera a mí.
Se volvió hacia la penumbra de la tienda y se sentó en la mesa, frotándose las manos suavemente. De detrás de una pila de alfombras salió un débil gemido ronco. Era el niño hindú, obedientemente sentado de cara a la pared. El desconsuelo agitaba sus frágiles hombros.

1901


viernes, 13 de diciembre de 2013

Viaje al fin de la noche (Louis-Ferdinand Céline)



La señora Herote, prima de muchos héroes muertos, ya sólo salía de su Passage con riguroso luto; además, ra­ras veces iba a la ciudad, pues su tasador amigo se mos­traba muy celoso. Nos reuníamos en el comedor de la trastienda, que, con la llegada de la prosperidad, adquirió visos de saloncito. Íbamos allí a conversar, a distraernos, amistosa, decorosamente, bajo el gas. La pequeña Musy­ne, al piano, nos extasiaba con los clásicos, sólo los clásicos, por las conveniencias de aquellos tiempos dolorosos. Allí pasábamos tardes enteras, codo con codo, con el ta­sador en medio, acunando juntos nuestros secretos, te­mores y esperanzas.
La sirvienta de la señora Herote, recién contratada, es­taba muy interesada en saber cuándo se decidirían los unos a casarse con los otros. En su pueblo no se concebía el amor libre. Todos aquellos argentinos, aquellos oficia­les, aquellos clientes buscones le causaban una inquietud casi animal.
Musyne se veía cada vez más acaparada por los clientes sudamericanos. Así acabé conociendo a fondo todas las cocinas y sirvientas de aquellos señores, a fuerza de ir a esperar a mi amada en el office. Por cierto, que los ayudas de cámara de aquellos señores me tomaban por el chulo. Y después todo el mundo acabó tomándome por un chulo, incluida la propia Musyne, al mismo tiempo, me parece, que todos los asiduos de la tienda de la señora Herote. ¡Qué le iba yo a hacer! Por lo demás, tarde o temprano te tiene que ocurrir, que te clasifiquen.
Obtuve de la autoridad militar otra convalecencia de dos meses de duración y se habló incluso de declararme inútil. Musyne y yo decidimos alquilar juntos un piso en Billancourt. Era para darme esquinazo, en realidad, aquel subterfugio, porque aprovechaba que vivíamos lejos para volver cada vez más raras veces a casa. Siempre encontra­ba nuevos pretextos para quedarse en París.
Las noches de Billancourt eran agradables, animadas a veces por aquellas pueriles alarmas de aviones y zepelines, gracias a las cuales los ciudadanos podían sentir escalofríos justificativos. Mientras esperaba a mi amante, iba a pasearme, caída la noche, hasta el puente de Grenelle, donde la sombra sube del río hasta el tablero del metro, con su rosario de farolas, tendido en plena obscuridad, con su enorme mole de chatarra también, que se lanza con estruendo en pleno flanco de los grandes inmuebles del Quai de Passy.
Existen ciertos rincones así en las ciudades, de una fealdad tan estúpida, que casi siempre te encuentras solo en ellos.
Musyne acabó volviendo a nuestro hogar, por llamarlo de algún modo, sólo una vez a la semana. Acompañaba cada vez con mayor frecuencia a las cantantes a casa de los argentinos. Habría podido tocar y ganarse la vida en los cines, donde me habría resultado mucho más fácil ir a buscarla, pero los argentinos eran alegres y genero­sos, mientras que los cines eran tristes y pagaban poco. Esas preferencias son la vida misma.
Para colmo de mi desgracia, se creó el «Teatro en el frente». Al instante, Musyne hizo mil amistades militares en el Ministerio y cada vez con mayor frecuencia se marchaba a distraer en el frente a nuestros soldaditos y du­rante semanas enteras, además. Allí detallaba, para los ejércitos, la sonata y el adagio delante de la platea del Es­tado Mayor, bien colocada para verle las piernas. Por su parte, los chorchis, amajadados detrás de los jefes, sólo gozaban con los ecos melodiosos. Después Musyne pasa­ba, como es lógico, noches muy complicadas en los hote­les de la zona militar. Un día volvió muy alegre del fren­te, provista de un diploma de heroísmo, firmado por uno de nuestros grandes generales, nada menos. Ese diploma fue el punto de partida para su triunfo definitivo.
En la colonia argentina supo hacerse de pronto ex­traordinariamente popular. La festejaban. Se pirraban por mi Musyne, ¡violinista de guerra tan mona! Tan joven y de pelo rizado y, además, heroica. Aquellos argentinos tenían el estómago agradecido, profesaban hacia nuestros grandes chefs una admiración infinita y, cuando regresó mi Musyne, con su documento auténtico, su hermoso palmito, sus deditos ágiles y gloriosos, se pusieron a cortejarla a cuál más, a rifársela, por así decir. La poesía he­roica se apodera sin resistencia de quienes no van a la guerra y aún más de aquellos a quienes está enriquecien­do de lo lindo. Es normal.
Ah, el heroísmo pícaro es como para caerse de culo, ¡os lo aseguro! Los armadores de Río ofrecían sus nom­bres y sus acciones a la nena que encarnaba para ellos, con tanta gracia y feminidad, el valor francés y guerrero. Musyne había sabido crearse, hay que reconocerlo, un pequeño repertorio muy mono de incidentes de guerra, que, como un sombrero atrevido, le sentaba de maravilla. Muchas veces me asombraba a mí mismo con su tacto y hube de reconocer, al oírla, que, en punto a embustes, yo a su lado era un simulador grosero. Ella tenía el don de situar sus ocurrencias en un pasado lejano y dramático, en el que todo se volvía y se conservaba precioso y pene­trante. En punto a cuentos, nosotros, los combatientes, advertí de pronto, muchas veces conservábamos un ca­rácter groseramente temporal y preciso. En cambio, mi amada se movía en la eternidad. Hay que creer a Claude Lorrain, cuando dice que los primeros planos de un cua­dro siempre son repugnantes y que el arte exige situar el interés de la obra en la lejanía, en lo imperceptible, allí donde se refugia la mentira, ese sueño sorprendido in fraganti y único amor de los hombres. La mujer que sabe tener en cuenta nuestra miserable naturaleza se convierte con facilidad en nuestra amada, nuestra indispensable y suprema esperanza. Esperamos, a su lado, que nos con­serve nuestra falsa razón de ser, pero entretanto puede ganarse la vida de sobra ejerciendo su función mágica. Musyne no dejaba de hacerlo, por instinto.
Sus argentinos vivían por el barrio de Ternes y, sobre todo, por los alrededores del Bois, en hotelitos particula­res, bien cercados, brillantes, donde por aquellos meses de invierno reinaba un calor tan agradable, que al entrar en ellos, de la calle, los pensamientos se te volvían de re­pente optimistas, sin querer.
Desesperado y tembloroso, me había propuesto, para meter la pata hasta el final, ir lo más a menudo posible, ya lo he dicho, a esperar a mi compañera en el office. Me armaba de paciencia y esperaba, a veces hasta la mañana; tenía sueño, pero los celos me mantenían bien despierto y también el vino blanco, que las criadas me servían en abundancia. A sus señores argentinos yo los veía muy ra­ras veces, oía sus canciones y su estruendoso español y el piano que no cesaba de sonar, pero tocado la mayoría de las veces por manos distintas de las de Musyne. Enton­ces, ¿qué hacía, la muy puta, con las manos, mientras tanto?
Cuando volvíamos a encontrarnos por la mañana, ante la puerta, ella ponía mala cara. Yo era aún natural como un animal en aquella época, no quería perder a mi amada y se acabó, como un perro su hueso.
Perdemos la mayor parte de la juventud a fuerza de torpezas. Era evidente que me iba a abandonar, mi ama­da, del todo y pronto. Yo no había aprendido aún que existen dos humanidades muy diferentes, la de los ricos y la de los pobres. Necesité, como tantos otros, veinte años y la guerra, para aprender a mantenerme dentro de mi categoría, a preguntar el precio de las cosas antes de tocar­las y, sobre todo, antes de encariñarme con ellas.


(1932)

viernes, 1 de noviembre de 2013

Julieta (Marqués de Sade)



5
En visitas posteriores la madre Delbéne pareció demostrar cierta frialdad durante nuestros abrazos. Le pregunté cuál era la causa de su alejamiento, y después de mucho dudar me confesó al fin que temía haber perdido mi amor a favor de Sainte Elme. Al enfrentarme a los encantadores celos de la bella abadesa, no tardé en recordarle su dicho de que el sol no brilla menos sobre una sólo porque ilumine también a los demás. Entonces, alentada por la risa cantarina que despertó esa declaración, le revelé la intención que me había venido atormentando desde hacía más de un mes: anhelaba desflorar a Sainte Elme, y al mismo tiempo ser desflorada por ella.
-¡Ay Julieta! –replicó riéndose mi querida directora- llegas con varios años de retraso para poder desflorarla; en cuanto a desflorarte a ti, antes de empeñarte en esa idea deja que trate de hacerte cambiar de opinión. Recuerda que en estos asuntos Sainte Elme es una principiante comparada conmigo. ¿Le pedirías a un ciego que te enseñara ver? ¿A un inválido que te enseñara caminar? Yo pienso que no. Pues bien, el mismo razonamiento me incita a aconsejarte que renuncies a perder la virginidad en manos de Sainte Elme. Por supuesto, permíteme aclararte desde el principio que estoy pensando en mi propio bien, no en el tuyo; verás, quiero cortar esa cereza tuya con tantas ganas, que casi me parece estar saboreándola, y siempre pongo mis deseos por encima de todo; pero da la casualidad que mis deseos y tu interés son la misma cosa; puedo proporcionarte placeres que jamás hayas imaginado, y reparar cualquier desperfecto material que pudieras sufrir; después de la desfloración, mediante aplicación de pócimas que sólo yo conozco, podré hacer que aparezcas tan virginal como el día en que naciste; esto no te parecerá insignificante si decides casarte algún día después de salir de aquí, pues, como habrás oído decir, los franceses son necios redomados en cuanto a sus mujeres: Las quieren con mentalidad de puta, pero con cuerpo de virgen.
-Pero –protesté yo-, ¿no es falta de honradez por parte de una muchacha engañar a su esposo haciéndole creer que es virgen?
-¿Honradez? –pudo articular entre risas-. ¿Y qué tiene de malo si nos hace falta un poco de ella, puedes decírmelo?
-En la clase de religión nos han enseñado que es pecado no ser honrada.
-¡A la mierda la clase de religión! –exclamó la madre Delbéne-. ¿Qué es la religión, sino la palabra de Jesucristo? Y si éste hubiera sido capaz de distinguir entre su codo y un culo ¿crees que se habría dejado crucificar? No, hija mía, deja a un lado esos preceptos que te han enseñado en la clase de religión. Que esto –y se llevó la mano a la entrepierna- sea tu única religión; sigue sus mandatos y nunca te equivocarás.
El cinismo frío de la sensual abadesa me fascinó. Alejando de la imaginación todo pensamiento relacionado con Saint Elme, me arrojé en brazos de la madre Delbéne y le juré fidelidad por siempre.
-Quiero que usted me desflore –exclamé. Sólo usted, querida madre, sólo usted.
La monja lujuriosa me acarició tiernamente las nalgas.
-Se te concederá el deseo, dulce Julieta –replicó-. Además, y porque soy generosa cuando conviene a mis propósitos, voy a darte una bonificación. Claro que no podrás desflorarme a mí; esa tarea se realizó antes de que tú nacieras; pero escoge a cualquier doncella de este convento, la que te guste, y la podrás desflorar por mí.
No fue necesario pensarlo mucho antes de responder.
-Laurette –murmuré, con el corazón latiéndome con fuerza en el pecho-. Laurette, Laurette, Laurette…
Espero que el lector disculpe que introduzca tan de repente el nombre de esta niña querida, pero no había representado ningún papel en los acontecimientos narrados hasta el momento, y citarla en tales circunstancias habría servido sólo para causar confusión. En todo caso, Laurette era una de las niñas más jóvenes del convento, y aun cuando yo no la conocía en lo personal, no había podido evitar fijarme en ella de vez en cuando. Era increíblemente atractiva; su cara y cuerpo eran una sinfonía de vivacidad; sus pechos encerraban los encantos de Venus; sus piernas esbeltas y graciosas eran columnas de alabastro de una elegancia y belleza insuperables; la deseaba con cada una de las fibras de mi ser.
Con una sonrisa que significaba su aprobación, la madre Delbéne me aseguró que podía contar con que la inmolación de la víctima deseada se realizaría en la semana siguiente.
Pasaron dos días. Tres. Cinco. Mi excitación se había vuelto casi insoportable. Para calmarla, la madre Delbéne me invitó a pasar con ella la víspera de la noche del sacrificio. Entonces, mientras yacíamos en la enorme cama adoselada, abrazadas y acariciándonos tiernamente, mi dulce abadesa se fue sumiendo despacio en una extraña melancolía; sin preámbulo comenzó a discurrir de mal humor acerca de ideas cósmicas, universales.
-¿Por qué esas iglesias –preguntó hablando retóricamente-, esos tribunales, esas cortes políticas, y todas las demás instituciones hipócritas que pretenden gobernar nuestras vidas han de insistir, casi siempre bajo amenaza de horribles castigos, en que creamos que existe un dios supremo? ¡Un padre completamente bondadoso! ¡Un cielo como recompensa! ¡Un infierno para castigar! ¡Un más allá! ¿Por qué? ¿Por qué necesita el universo de alguien que lo cuide? Tiene leyes eternas, inherentes a su naturaleza; no necesita promotor original. El movimiento continuo de la materia lo explica todo; materia sin personalidad, sin amor ni odios, sin hambre ni sed; materia sin recompensas ni castigos; una materia sin mandamientos de piedra ni leyes de pergamino; una materia sagrada e impersonal, de una indiferencia divina, que fluye continuamente.
“Entiéndelo, Julieta, todo lo que está en movimiento sin parar es un motor en sí; no tenemos que buscar otro que sea divino; toda causa que nuestros maestros eruditos expresen en vez de esta simple verdad resulta de manera inevitable incomprensible para nosotros, y también para ellos.
“¿Los he llamado maestros? ¡Ja! No son más que zorros astutos y arteros, que usan la religión como un yugo para restringir cualquier instinto noble en el ser humano. Examina críticamente sus teorías ridículas respecto al principio de la vida; por ejemplo, la de que el hombre es superior al animal… Eso es una declaración de lo más arrogante e irracional, si la contemplamos a la luz concluyente de la historia. ¿Puedes indicarme, dulce amor, cualquier animal en el mundo entero que haya ideado, organizado y realizado una atrocidad semejante a la de las cruzadas cristianas? ¡Sed de sangre! No fueron más que el saqueo y el pillaje de pobres salvajes demasiado civilizados, cuyo único pecado consistía en tener sus creencias propias. Ahí tienes la obra de ese apreciado animal racional.”
Mi hermosa monja se quedó en silencio, jugueteando distraídamente con mis pezones. Luego, de pronto, con toda la energía de sus convicciones apasionadas, gritó:
-¡Y esa convicción absurda de la vida en el más allá! No pueden convencerse de que una vez muertos, muertos estamos.
“Se acabó. Cuando se ha cortado el hilo de la vida, el cuerpo humano se convierte en una masa de materia vegetal en putrefacción. Un banquete para los gusanos, y eso es todo. Dime si hay algo más ridículo que la idea de un alma inmortal, y la creencia de que cuando muere el hombre, sigue con vida, que cuando su vida se detiene, su alma –o como lo llamen- emprende el vuelo.”
-Me han enseñado –repliqué entonces- que el alma es misteriosamente distinta de la materia.
Pero la madre Delbéne respondió de inmediato:
-Dime cómo se las arregla tu alma para nacer, crecer, fortalecerse, agitarse, envejecer… y todo ello adelantándose a la evolución del cuerpo. ¿Cómo puede ser eso, ya que ambos son totalmente diferentes? Y no rechaces la pregunta con pretexto de que todo es un misterio, pues de serlo, ¿cómo podrían intentar comprenderlo esos tontos? Un verdadero misterio no puede ser entendido ni siquiera por el intelecto más elevado. Por tanto ¿cómo pueden esos sacerdotes estúpidos aseverar la existencia de algo que son incapaces de concebir? Para poder expresar conceptos, y de ese modo creer, es necesario conocer con exactitud la naturaleza del objeto de esa creencia.
-Pero –alegué yo entonces-, ¿no es la inmortalidad del alma un dogma reconfortante para las masas humanas pobres y andrajosas que cubren la tierra? ¿No es una imagen calmante? ¿No alivia algunos de los grandes males que agobian a la humanidad? Yo misma me siento tremendamente espantada ante esa aniquilación total que mencionas.
-Querida mía –replicó aquella mujer brillante-, antes de nacer no eres sino un puñado insignificante de materia sin forma. Después de la muerte volverás a ese estado nebuloso. Te vas a convertir en la materia prima de la cual surgirán nuevos seres. ¿Será doloroso ese proceso natural? ¡No! ¿Placentero? ¡Tampoco! Veamos ahora ¿tiene eso algo de espantoso? ¡Pues claro que no! Y sin embargo, la gente sacrifica sus placeres en la tierra, esperando poder evitar sufrimientos en la otra vida. Los tontos no se dan cuenta de que después de la muerte no pueden existir placeres ni dolores; se trata nada más de un estado insensible de anonimato cósmico. Así que la regla de la vida debería ser, no que no hagamos al prójimo lo que no deseamos que nos haga él a nosotros, sino más bien –y ésta es la única regla razonable- disfrutar a expensas de quien sea. –Inclinándose sobre mí, me besó el pecho haciendo que se levantara mi pezón. Al fin declaró-: Basta de filosofía. Vamos a dedicarnos ahora a una acción prohibida; una acción tan terrible que nuestros muslos echarán humo de deseo.
Electrizada, tanto por su mente arrolladora como por su lengua ardiente, me monté en ella y empecé a chuparle los enormes pezones en forma de fresa, jugando sin parar con los dedos dentro de su vulva empapada de rocío y ardiente de pasión.


(1797)