martes, 17 de marzo de 2015

Abarca (Efrén Hernández)


Abarca había logrado recuperar su control. Sin duda, los efectos de los disparos de aquellas gruesas piezas eran de efectos más tremendos; pero distaban mucho de poseer la precisión de los de un fusil. Ahora que también podía ser que el objeto que se propusieran fuera distraerlos. Según lo pensó, corrió a echar un vistazo al desfiladero de donde volvió satisfecho después de haber comprobado que por ahí no se veía ni un alma. En seguida se dedicó a distribuir de mejor manera a su gente, cambió a algunos de sitio, a otros les hizo determinadas advertencias, envió dos a que vigilaran el pasaje, eligió un sitio donde, a su manera de ver, los niños y las mujeres se estuvieran con menor peligro y, finalmente, volvió a su puesto. La situación no parecía muy inquietante. Los obuses no habían hecho un solo blanco.
Pero bien pronto las cosas cambiaron. Habiendo hecho tres disparos de prueba, los artilleros corrigieron su puntería, y lanzaron casi simultáneamente otros tres proyectiles. Uno estalló cerca del pasaje, y Abarca pensó en los dos vigías que acababa de instalar allí. Otro penetró derecho por la boca de una de las cuevas. Y el tercero cayó entre Abarca y una terna que estaba apostada en una saliente, detrás de unos troncos secos. Se levantó de nuevo y recorrió ansiosamente uno tras otro los tres sitios. Del viejo don Cornelio sólo quedaban fragmentos esparcidos, y una de las mujeres se quedaba sangrando de un costado. Aún no le quedó tiempo ni para lamentarse, cuando una mole se deshizo en mil piezas obligándolo a tenderse sobre el suelo. Varias rajuelas se clavaron en su cuerpo hiriéndolo sin importancia. El fuego arreciaba. Ni siquiera se podían contar las explosiones. Nutridas y terribles proseguían estallando aquí y allí, y no dejaban momento de reposo. La gente corría febril, se respiraba un aire de sabor picante y mezclado con polvo.
La situación era en realidad desesperada. Varias mujeres transidas de terror huían hacia el sendero que conducía a los picos. Un herido que no paraba de aullar, empleaba inútilmente todo su esfuerzo pretendiendo seguirlas. Abarca mismo sintió igual impulso. A no ser porque sabía que replegarse era tanto como dejar libre acceso a la mesa para los soldados, y ello, su perdición definitiva, ordenaría una retirada. No por él. Andaba olvidado de sí. Los destrozos tan rápidos e inesperados como numerosos, la imposibilidad en influir en alguna forma sobre aquella suerte de “bolita que Dios creó” y al que le dio le dio, lo tenían anulado. No encontró otra solución que desentenderse de cuanto pudiera suceder y dedicarse por entero con toda su energía y cálculo a cobrar al enemigo las pérdidas que le estaba causando. Repasó mentalmente quiénes y cuántos eran sus hombres, los más aptos y bravos. Inmediatamente, sin perder un solo instante llamó a los que le pareció más conveniente y se establecieron en el lugar mejor acondicionado, no obstante ser uno de los más riesgosos y descubiertos y ofrecer a causa de eso mayor peligro; y se dieron a disparar, apuntando con calma, en especial a los artilleros.
No les era dado seguir el curso de los efectos de su ofensiva. El enemigo se encontraba bastante lejos y tenían que conformarse con apuntar, más bien que contra gente, al tino; guiándose únicamente por la orientación que les proporcionaba el foguear de los cañones. No obstante, al cabo de un regular espacio, uno de los cañones suspendió los disparos. Tal vez le habían llegado al artillero que lo manejaba. Los inundó una ráfaga de optimismo. Abarca se deslizó aún más hacia la orilla. Habíase arrastrado hasta llegar al límite en que se acababa la tierra horizontal y comenzaba el plano casi vertical del acantilado. Tirado en tierra, apoyaba uno de sus codos en el ángulo y su cabeza quedaba al descubierto y buena parte del cañón de su fusil sobre el vacío.
Los proyectiles seguían cayendo. Aplastado contra el suelo no podía desentenderse en absoluto del ruido que hacían las trayectorias mortíferas sobre su cabeza. Al mismo tiempo, una buena parte de su atención era robada por el movimiento de un núcleo de soldados que se aproximaban. Con mil trabajos, teniendo el fusil a la espalda y ayudándose con los pies y con las manos, ascendían otra vez, intentando ganar el sendero. Un estallido desgarró el aire muy cerca de él, sobre su espalda cayeron cosas; polvo, astillas de madera, ramos de hojas. Sin volverse miró hacia el sendero y lanzó un suspiro. Las balas de fusil, aun en cuadro de ejecución apuntando su pecho y encontrándose él atado e inerme, estaba certísimo, no lo harían temblar; mas no podía sufrir aquellos abominables obuses. Cada vez que el aire se hacía filoso con un nuevo silbido se estremecía y apretaba sus huesos contra la tierra, pero inmediatamente después volvía a sacar la cabeza y seguía disparando.
Ya el sol en declive, medio muerto Abarca de hambre y de cansancio, sintiendo ardor de quemaduras, y dolor de tendones enmohecidos en sus manos, dejó su puesto. De vez en cuando, muy distanciados caían los proyectiles. Aquello era otro mundo. Un suelo lleno de agujeros, árboles destrozados, astillas de piedras, piedras y ramos rotos, algunos muertos, otros pocos heridos, gentes quejumbrosas y caras desalentadas mirando todo aquello pasivamente ya. Fue lo que encontró Abarca.
—No tarda en oscurecer –dijo, diciéndoselo en parte a sí mismo y en parte a los demás-. Con la noche se verán obligados a darnos una tregua. Yo ya no puedo más. Querría probar un bocado.
Le contestó el silencio. A un ladito suyo, su mujer lloraba.
—Y a ésta, ¿qué le sucede? –dijo disparadamente, sintiendo que los nervios se le ponían de punta. Fácilmente advirtió su necedad. Demasiado lo sabía. Y no, no sabía nada. Romualdo, sin levantar los ojos, dejando caer las sílabas, le dijo con profunda separación de espíritu, y con enajenado rostro y voz indiferente-: Llora por Macario. Pero también hay otros. No se remedia nada con averiguar quiénes y cuántos faltan. Ya después contaremos; aún no termina esto.
No se daba cuenta Romualdo que estaba acumulando palabras espinosas sobre una llaga viva. También él era de carne y hueso, también él estaba postrado, fatigado y con el alma seca e indiferente a todo, si no era al propio cansancio. Cuando un miembro trabaja más de lo que puede trabajar, y todavía traspasa mucho, pero mucho el término de su fatiga, acaba por no ser sentido, se adormece. Pues bien, lo mismo que sucede con un miembro, puede suceder con todo el cuerpo, y con el sistema nervioso, y, para terminar de una vez, también puede pasar con el cerebro y con el alma. No es lo mismo saber que un compañero ha perdido a su hijo durante un estado de ánimo ordinario, que saberlo cuando el pecho está siendo golpeado aún, después de un día entero de tensiones de todo género. Y también es cosa conocida que no comprendemos a los demás, sino cuando estamos limpios de estado de ánimo. Sólo entonces puede crearse el de la condolencia, por ejemplo; o el de la piedad, como otro ejemplo. Y sólo en horas serenas, desapasionadas, puede hablarse con tacto.
Para Abarca, en cambio, la noticia fue como la gota de agua que derrama el vaso; se postró en tierra, se echó de bruces contra el regazo de su mujer y se dio a llorar sin consuelo pero también sin rebeldía.
Y no era el único; había más grupos unidos por el dolor de alguna pérdida común. Se desentendieron de los soldados y no advirtieron que los obuses habían cesado casi por completo.
Los soldados, comandados por un astuto oficial, o supieron adivinar lo que sucedía arriba o presumieron atinada o desatinadamente cualquier cosa; el caso es que acordaron obrar en forma que les resultó acertada. Debieron movilizarse con gran celeridad. Pues en un lapso de tiempo muy inferior a dos horas, ya habían rodeado y estaban acampados frente al pasaje y aún intentando entrar en él. El cojo Lucas fue el que se percató del negocio y de su boca salió la voz de alarma. A todos se impuso la convicción de la necesidad que tenían de acudir a la entrada y ahí se apostaron. Abarca miró a sus hombres y calculó, útiles, unos dieciocho escasos. Luego sopeso al enemigo. Eran más numerosos de lo que habían creído en un principio. Y experimentó un sentimiento de orgullo. Soldados y guardas armados con cañones y fusiles marchaban contra él.
Cuando Abarca vio, tras el halo de sol ya hundido tras los montes, recortarse sobre el filo las siluetas de los soldados, se sintió tan axiomáticamente superior que estuvo a punto de ponerlos en guardia; pero se acordó de su mujer llorando por la muerte de su hijo y se comió las palabras masticándolas hasta hacerlas rechinar entre sus dientes. Celerino se echó el fusil al hombro y apuntó. Abarca lo detuvo con un gesto que todos entendieron. Así es que cuando los atacantes estuvieron cerca del árbol, que era donde ofrecían mejor blanco y donde tenían que caminar con mayor lentitud, de un golpe, como si hubieran avisado, los dieciséis hombres de Abarca empezaron a disparar. Ninguno había disparado cuatro veces cuando ya el pasaje estaba perfectamente despejado. Pero no por eso dejaron de disparar. Sus sentimientos se revolvían en confuso torbellino y el furor de la venganza ardía con terribles llamaradas adentro de su pecho. Los soldados disparaban igualmente sin detenerse. Tirados sobre el suelo se acogían a los ligeros accidentes del terreno; pero no por eso dejaban de ofrecer excelentes blancos.
De ambos lados hubo pérdidas. Los soldados estaban en una posición tremendamente inferior; pero eran muchos los tiros que entre todos juntos podían disparar y la gente de Abarca también mermaba.
Al fin los soldados se batieron en retirada. Se hacía noche. Mientras los veía retirarse, abarca sonrió de satisfacción.
Durante el día siguiente Abarca pudo todavía dominar su fortaleza; pero porque los soldados no se acercaron mucho, limitándose a cañonear intermitentemente, sin ningún orden ni táctica definida o comprensible.
A tiempo de uno de esos recesos, hallábase Abarca descuidado. Súbitamente, sin que pudiera saberse el porqué, recordó con muy viva insistencia los cañones, abocados, convergentes exactamente hacia él y a punto de tronar de nuevo. Pensarlo y sentir un incontenido y profundo miedo físico, todo fue uno; pero tan agudo, tan dominador e intenso que quiso prevenir a los que con él estaban. No lo hizo, sin embargo, porque comprendió que no podría explicarlo. Se conformó con levantarse y cambiar de lugar él solo, sin decir nada. No bien lo hubo hecho, cuando el bombardeo se desató furioso y con tal rapidez, que los que ahí quedaron fueron deshechos, sin haber tenido tiempo ni de gritar siquiera.
Más valía que a todos nos hubiera pasado ya lo mismo. Total; no quedamos ya ni la mitad de los que éramos. Así se expresaba por dentro, cuando Celerino y Saldaña le trajeron la nueva de que una muchacha, desesperada de no encontrar comida, se había puesto a perseguir una libre y se acababa de despeñarse. También le planteó el problema general. Lo más insostenible de la situación consistía en las mujeres. Tenían miedo y hambre y no sabían qué hacer.
Abarca le entregó su fusil encargándole que vigilara la cresta y fue a encontrar a las mujeres.
Las encontró desalentadas, tristes y enflaquecidas. Trató de consolarlas; para calmarlas un poco les ofreció ir a buscar algo de comer. Les suplicó que no desesperaran, que confiaba en no regresar con las manos vacías.
Después de mucho rato, volvió, como era natural, sin traer nada. No se atrevía ni a verlas. Rodeó, a fin de esquivarlas, alentándose in mente, sin resultado alguno, con dichos y sentencias filosóficas de esos que suele usar el pueblo como aquel que dice: “No hay mal que dure cien años…” y “Si tu mal tiene remedio, ¿por qué te apuras? Y si no lo tiene, ¿para qué te apuras?...”
Saldaña se le apartó y fue con las mujeres. Tenía el propósito de hacer por que cundiera una proposición que iba a hacerles. Desde la víspera había estado rumiando la idea de que debían rendirse. Era completamente inútil y tonto prolongar la resistencia. Carecían de víveres, no cabía esperanza de auxilio, empezaba a ser preciso escatimar los cartuchos; ¿qué iban a hacer?
Las mujeres y los heridos lo oyeron. Sus argumentos cayeron en terreno propicio; no sólo fueron aprobados; pero unos lloraron, otros gritaron y por poco no se armó un tumulto. Sin embargo, quedaba una cuestión: Ya conocen a Abarca. Abarca no iba a dejarse persuadir.
—Que se quede él si quiere –resolvió una vieja-. Vamos a decirle que nosotros queremos rendirnos.
—Está bien –alternó otra vieja-, pero, y si nos rendimos ¿nada más nos meterán a la cárcel? ¿No nos matarán?
—Y qué, que nos maten –refunfuñó un herido de poca gravedad, arrojando las palabras al sesgo, como si en lugar de palabras arrojara saliva por el hueco que al abandonarlo le dejara en la boca varios dientes caídos.
—Todo es preferible –recalcó Saldaña-. No podemos esperar ningún fin más malo que el que nos espera aquí. Sobre todo, yo creo que a ustedes las mujeres y a los que todavía no llegan a hombres, tendrán que dejaros.
Por fin, y sin alegar ya mucho, se resolvieron y el propio Saldaña fue en busca de Abarca.
Abarca recibió el cuento impasible. Lo traicionaban, muy bien, cada uno era dueño de hacer lo que quisiera. No era él el que les iba a quitar la libertad. No le gustaba el sesgo que acababan de tomar los acontecimientos. Él se había sacrificado por una causa común. En la lucha entre la justicia y la fuerza, la justicia merecía una derrota menos vil…
Oh oscura cosa, incomprensible espíritu del hombre. Y qué fuerzas sin ojos suelen ponerse en juego para encaminarte, que ni el ojo las ve ni el poseído por ellas las entiende. ¿De dónde nacen estas ideas absurdas que encajonan al hombre por el camino recto, y lo hacen escoger las espinas mejor que el rodeo y la desviación?
Hasta lo último, hasta la soledad y hasta la muerte, trascendería él sin domeñarse. Su dirección, su estrella, su brújula y su rumbo estaban en su frente. Si se lo preguntaran, no lo  sabría explicar. Nosotros también nos encontramos en medio del asombro y de la oscuridad. Tampoco nosotros encontramos las palabras que lo hagan parecer congruente. Y así es, sin embargo. Cualquier hombre, cualquier harapo humano, se encuentra a veces con que en su vida no hay alternativas, con que entre todos los caminos el suyo es sólo uno.
—¿Qué piensas tú?
—Yo nada –contestó Abarca-. Nada más una cosa; que me quedo.
—¿Lo oyes? ¡Que él no se va!
—Si él no se va, yo tampoco me voy –Dijo Liboria apesadumbrada-. Al fin que para mí, ya todo es lo mismo.
Catarina se acercó a su padre. Era una mocetona trigueña, nada linda; pero con el don de un rostro muy particular y característica y profundamente expresivo. Con sus ojos de cuentas se quedó mirándolo al reojo. Cosa increíble; advirtió Abarca tan increíble como el hecho mismo de que él en medio de aquellas circunstancias lo hubiera advertido. Advirtió que la cabeza de la figurita que se le había acercado estaba peinada, y que traía unas florecitas prendidas junto a la sien.
Como un estómago de hule y llanto, como una membrana elástica llena de amarga y dulce agua que se anuda y disuelve simultáneamente, así se le hizo a Abarca toda el alma. Desde sus lacrimales hasta sus entrañas se le blandió la ternura y la desesperación y la ternura y la desesperación lo inundaron con un sabor irresistible a acero frío y agua profunda. No pudo más, no pudo y se quedó como si nada. Se quedó solo así, tal como estaba, nada más con la sensación de que su piel se había puesto tensa y rígida, y que oprimía y paralizaba dejándolo impedido sin músculos y sin voluntad. Y se apartó de allí, haciéndose como que aquello no le importaba. Todavía cuando se acercó a hablar con Celerino tuvo que aguardar un poco.
Tuvo con Celerino una larga conferencia. Le dijo muchas cosas. Luego recobró su rifle y se quedó en el lugar de Celerino.
A poco, su gente descendía. Uno a uno fue contando y despidiendo desde su escondrijo a los que se partían.
Media hora más tarde salió a enfrentarse con su soledad. Su pensamiento estaba reposando en Catarina. En el momento aquel en que se la había acercado. Entre todas las mujeres que había conocido en su vida, ella era la única que se podía haber alcanzado la puntada de andar peinada y traer florecitas en la sien, en medio de aquellas circunstancias. ¿La dejarían vivir?
Más tarde. Ya a las postreras luces de aquel día, se dedicó a extraer la pólvora de los cartuchos. Luego se puso a regarla en forma de caminito sobre la cresta. En la otra punta ahondó una grieta y le inyectó cartuchos de dos cajas y media y le prendió fuego. Corrió la llama semejante a una rata sobre el filo y se escuchó una detonación.
Tres días más tarde, cuando volvieron nuevamente los soldados, se encontraron con que el único sendero por donde se podía ir a la mesa, o salir de ella, había sido destruido.


1949

jueves, 4 de septiembre de 2014

Vuelo de noche (Antoine de Saint-Exúpery)



CAPÍTULO XII

Mientras tanto, el correo de la Patagonia abordaba la tormenta y Fabián renunciaba a circundarla. La juzgaba demasiado extensa, pues la línea de relámpagos se hundía hacia el interior del país y alumbraba fortalezas de nubes. Trataría de pasar por debajo y, si el asunto se presentaba mal, se resolvería a dar media vuelta.
Miró el altímetro: mil setecientos metros. Apoyó las palmas sobre el bastón de mando para comenzar a reducir la altura. El motor vibró muy fuerte y el avión trepidó. Fabián corrigió, al tanteo, el ángulo de descenso y leyó en la carta la elevación de las montañas: quinientos metros. Para darse espacio navegaría a setecientos.
Sacrificaba su altura como quien se juega un tesoro.
Un remolino hizo sumergirse al avión que vibró más fuerte. Fabián se sintió amenazado por invisibles avalanchas. Soñó que daba media vuelta y descubría cien mil estrellas, pero no viró ni un grado.
Fabián calculaba: se trató de una tormenta local, probablemente, porque Trelew, la próxima escala, anunciaba tres cuartos de cielo nublado. Era preciso vivir apenas 20 minutos en ese espesor negro. Y sin embargo, el piloto sentía inquietud. Inclinado a la izquierda contra la masa del viento, procuraba interpretar los reflejos confusos que, en las más obscuras noches, circulan todavía; pero ahora no había siquiera un reflejo, apenas cambios de densidad en la espesura negra o una fatiga de los ojos.
Desplegó un papel del navegante: “¿Adónde vamos?”
Fabián hubiera dado cualquier cosa por saberlo. Respondió: “Lo ignoro, cruzamos una tempestad a la brújula.”
Volvió a inclinarse. Le molestaba la llama del escape, adherida al motor como un ramo de fuego, tan pálida que el claro de luna lo hubiera apagado, pero que en ese caos absorbía el mundo visible. La miró. El viento la trenzaba como la llama de una antorcha.
Cada treinta segundos, para verificar el giróscopo y el compás, Fabián se inclinaba sobre los instrumentos. No se atrevía a encender los débiles foquitos rojos, que lo deslumbraban por largo rato, pero todos los instrumentos con luces de rádium arrojaban una claridad pálida como de astros. Allí, en medio de agujas y cifras, el piloto sentía una seguridad engañadora: la de la cabina del navío sobre el cual pasan las olas. La noche, con todo su cargamento de rocas, despojos y colinas, corría contra el avión con la misma sorprendente fatalidad.
“¿Dónde estamos?”, repetía el operador.
Y Fabián emergía de nuevo y recobraba, apoyado en los mandos, su vigilia terrible. Ignoraba cuánto tiempo, cuántos esfuerzos lo libertarían de sus fuertes ligaduras. Casi dudaba de libertarse jamás, porque toda su vida la tenía puesta a ese papelito sucio y arrugado que había desplegado y leído mil veces, para alimentar su esperanza: “Trelew: cielo tres cuartos nublado, viento Oeste débil”. Si Trelew estuviera tres cuartos nublado, ya vería sus luces entre las nubes. A menos que…
La pálida claridad prometida más lejos lo invitaba a seguir; sin embargo, dudoso, garabateó para el radio: “Ignoro si podré pasar. Averígüeme si todavía hay buen tiempo detrás”.
La respuesta lo consternó:
“Comodoro avisa: imposible regreso. Tempestad”.
Comenzaba a adivinar la ofensiva insólita que, desde la cordillera de los Andes, se abatía hacia el mar. Antes que pudiera alcanzarlas, el ciclón barrería las ciudades.
—“Pregunte el tiempo a San Antonio”.
—“San Antonio contesta: levántase viento Oeste, tempestad al Oeste. Cielo nublado. San Antonio oye mal. Yo también. Creo que luego me veré obligado a remontar la antena a causa de las descargas. ¿Dará usted media vuelta? ¿Cuáles son sus proyectos?”
—“Déjeme en paz. Pregunte el tiempo a Bahía Blanca”.
—“Bahía Blanca responde: prevemos antes veinte minutos violenta tempestad Oeste Sur”.
—“Pregunte el tiempo a Trelew”.
—“Trelew contesta: huracán 30 metros segundo Oeste ráfagas, lluvia”.
—“Comunique Buenos Aires: Estamos embotellados, tempestad desarrollándose mil kilómetros, no vemos nada. ¿Qué hacemos?”
Para el piloto, esa noche no tenía riberas, puesto que no conducía a puerto alguno (todos parecían inaccesibles), ni hacia el alba: la bencina se agotaría dentro de una hora 40 minutos. Tarde o temprano, se hundirían en esa espesura.
Si hubiera podido llegar hasta el amanecer…
Fabián pensaba en el alba como en una playa de arenas doradas donde arribar después de aquella dura noche. Bajo el avión amenazado, nacerían las riberas de los llanos. La tierra firme sostendría sus granjas dormidas, sus rebaños y sus colinas. Todos los despojos que ruedan en la sombra se volverían inofensivos. Si pudiera, ¡cómo nadaría hacia el amanecer!
Pensó que estaba cercado. Todo se resolvería, bien o mal, en aquella espesura.
Cierto. Había creído, a veces, cuando despuntaba el día, encontrar descanso.
Pero ¿para qué fijar los ojos en el Este? Allí vivía el sol; pero entre ambos mediaba tal profundidad nocturna que jamás podrían remontarla.

1930
 

miércoles, 13 de agosto de 2014

Fantasmas (Paul Auster)



A medida que pasan los días y las semanas sin que llegue ninguna carta de Castaño, la decepción de Azul se convierte en una dolorosa e irracional desesperación. Pero eso no es nada comparado con lo que siente cuando finalmente llega la carta. Porque Castaño ni siquiera contesta a lo que Azul le escribió. Me alegra tener noticias tuyas, empieza la carta, y me alegra saber que estás trabajando mucho. Parece un caso interesante. Pero no puedo decir que eche de menos nada de eso. Aquí está la buena vida para mí: me levanto temprano y pesco, paso un rato con mi mujer, leo un poco, duermo al sol, ninguna queja. Lo único que no entiendo es por qué no me vine aquí hace años.
La carta continúa en ese tono durante varias páginas, sin mencionar ni una sola vez el tema de los tormentos y preocupaciones de Azul. Éste se siente traicionado por el hombre que en otro tiempo fue como un padre para él y cuando termina la carta se siente vacío, como si le hubieran sacado el relleno a golpes. Estoy solo, piensa, ya no hay nadie a quien pueda recurrir. A esto le siguen varias horas de abatimiento y autocompasión, durante las cuales Azul piensa una o dos veces que quizá le valdría más morirse. Pero finalmente sale de la depresión. Porque Azul es un tipo sólido en general, menos dado a los pensamientos sombríos que la mayoría, y si hay momentos en los siente que el mundo es un lugar asqueroso, ¿quiénes somos nosotros para reprochárselo? Cuando llega la hora de la cena, incluso ha empezado a ver el lado positivo. Quizá sea éste su mayor talento: no que no se desespere, sino que nunca se desespera por mucho tiempo. Podría ser una buena cosa después de todo, se dice. Quizá sea mejor estar solo que depender de alguien. Azul piensa en esto durante un rato y decide que hay algo favorable en ello. Ya no es un aprendiz. Ya no tiene un maestro por encima. Soy mi propio jefe, se dice. Soy mi propio jefe, no tengo que rendirle cuentas a nadie excepto a mí mismo.
Inspirado por este nuevo enfoque, descubre que al fin ha encontrado el valor necesario para ponerse en contacto con la futura señora Azul. Pero cuando coge el teléfono y marca su número, no hay respuesta. Esto es una decepción, pero no se amilana. Volveré a intentarlo en algún otro momento, se dice. Pronto.
Los días siguen pasando. Una vez más Azul se pone a tono con Negro, quizá incluso más armoniosamente que antes. Al hacerlo, descubre la inherente paradoja de su situación. Porque cuanto más unido a Negro se siente, menos necesita pensar en él. En otras palabras, cuanto más profundamente enredado está, más libre se siente. Lo que lo hunde no es la implicación sino la separación. Porque sólo cuando Negro parece distanciarse, tiene él que salir a buscarle, y esto lleva tiempo y esfuerzo, por no hablar de lucha. En los momentos en que se siente más próximo a Negro, sin embargo, puede incluso empezar a llevar una apariencia de vida independiente. Al principio no es muy osado en lo que se permite hacer, pero incluso así lo considera una especie de triunfo, casi un acto de valentía. Salir a la calle, por ejemplo, y andar arriba y debajo de la manzana. Por pequeño que parezca, este gesto le llena de felicidad, y mientras sube y baja por la calle Naranja con ese agradable tiempo primaveral, se alegra de estar vivo como no lo ha hecho desde hace unos años. A un extremo hay una vista de río, la bahía, los rascacielos de Manhattan, los puentes. Azul encuentra bellísimo todo eso y algunos días y algunos días hasta se permite sentarse varios minutos en uno de los bancos y mirar los barcos. En la otra dirección está la iglesia y a veces Azul se sienta en el pequeño jardín de hierba durante un rato, estudiando la estatua de bronce de Henry Ward Beecher. Dos esclavos se agarran a las piernas de Beecher, como suplicándole que les ayude, que les haga libres al fin, y en la pared de ladrillo que está detrás hay un bajorrelieve de porcelana de Abraham Lincoln. Azul no puede remediar sentirse inspirado por esas imágenes y cada vez que acude al jardín de la iglesia se cabeza se llena de nobles pensamientos acerca de la dignidad del hombre.
Poco a poco se vuelve más audaz en su deambular. Estamos en 1947, el año en que Jackie Robinson empieza a jugar con los Dodgers, y Azul sigue sus progresos atentamente, recordando el jardín de la iglesia y sabiendo que hay algo más en ello que simplemente béisbol. Una luminosa tarde de un martes de mayo decide hacer una excursión a Ebbetts Field y cuando deja atrás a Negro en su habitación de la calle Naranja, encorvado sobre su mesa como de costumbre, con una pluma y sus papeles, no siente ningún motivo de preocupación, seguro de que todo estará exactamente igual cuando regrese. Coge el metro, se roza con la multitud, se siente lanzado hacia una sensación de inmediatez. Mientras toma asiento en el estadio, le choca la nítida claridad de los colores que le rodean: la hierba verde, la tierra marrón, el balón blanco, el cielo azul. Cada cosa es distinta de todas las demás, totalmente separada y definida, y la simplicidad geométrica del dibujo le impresiona por su fuerza. Viendo el partido, le resulta difícil separar los ojos de Robinson, constantemente atraído por la negrura de su cara, y piensa que debe de necesitarse mucho valor para hacer lo que él está haciendo, estar solo delante de tantos desconocidos, con la mitad de ellos sin duda deseándole la muerte. Mientras el partido continúa, Azul se descubre vitoreando todo lo que hace Robinson, y cuando el negro gana una base en la tercera entrada, Azul se pone de pie, y más tarde, en la séptima, cuando Robinson dobla contra la pared de la izquierda, él aporrea la espalda del hombre que tiene al lado de pura alegría. Los Dodgers sacan en la novena con un bombo de sacrificio y mientras Azul sale arrastrando los pies con el resto de la gente y se dirige a su casa se le ocurre que Negro no le ha pasado por la cabeza ni una sola vez.
Pero los partidos son sólo el principio. Ciertas noches, cuando Azul tiene claro que Negro no irá a ninguna parte, se va a un bar no lejos de allí a tomarse una o dos cervezas, disfrutando de las conversaciones que a veces tiene con el barman, que se llama Rojo y tiene un extraño parecido con Verde, el barman del caso Gris de hace tanto tiempo. Una furcia de aspecto desaliñado que se llama Violeta frecuenta el bar y una o dos veces Azul consigue emborracharla lo suficiente como para que ella le invite a su casa, que está a la vuelta de la esquina. Azul sabe que le agrada bastante porque ella nunca le cobra, pero también sabe que eso no tiene nada que ver con el amor. Ella le llama cielo y su carne es suave y abundante, pero siempre que se toma una copa de más se echa a llorar y entonces Azul tiene que consolarla, y secretamente se pregunta si vale la pena. Su sentimiento de culpa hacia la futura señora Azul es escaso, sin embargo, ya que justifica estas sesiones con Violeta comparándose a sí mismo con un soldado que está haciendo la guerra en otro país. Cualquier hombre necesita un poco de consuelo, especialmente cuando mañana le puede tocar a él. Y, además, él no es de piedra, se dice.


1986