jueves, 4 de septiembre de 2014

Vuelo de noche (Antoine de Saint-Exúpery)



CAPÍTULO XII

Mientras tanto, el correo de la Patagonia abordaba la tormenta y Fabián renunciaba a circundarla. La juzgaba demasiado extensa, pues la línea de relámpagos se hundía hacia el interior del país y alumbraba fortalezas de nubes. Trataría de pasar por debajo y, si el asunto se presentaba mal, se resolvería a dar media vuelta.
Miró el altímetro: mil setecientos metros. Apoyó las palmas sobre el bastón de mando para comenzar a reducir la altura. El motor vibró muy fuerte y el avión trepidó. Fabián corrigió, al tanteo, el ángulo de descenso y leyó en la carta la elevación de las montañas: quinientos metros. Para darse espacio navegaría a setecientos.
Sacrificaba su altura como quien se juega un tesoro.
Un remolino hizo sumergirse al avión que vibró más fuerte. Fabián se sintió amenazado por invisibles avalanchas. Soñó que daba media vuelta y descubría cien mil estrellas, pero no viró ni un grado.
Fabián calculaba: se trató de una tormenta local, probablemente, porque Trelew, la próxima escala, anunciaba tres cuartos de cielo nublado. Era preciso vivir apenas 20 minutos en ese espesor negro. Y sin embargo, el piloto sentía inquietud. Inclinado a la izquierda contra la masa del viento, procuraba interpretar los reflejos confusos que, en las más obscuras noches, circulan todavía; pero ahora no había siquiera un reflejo, apenas cambios de densidad en la espesura negra o una fatiga de los ojos.
Desplegó un papel del navegante: “¿Adónde vamos?”
Fabián hubiera dado cualquier cosa por saberlo. Respondió: “Lo ignoro, cruzamos una tempestad a la brújula.”
Volvió a inclinarse. Le molestaba la llama del escape, adherida al motor como un ramo de fuego, tan pálida que el claro de luna lo hubiera apagado, pero que en ese caos absorbía el mundo visible. La miró. El viento la trenzaba como la llama de una antorcha.
Cada treinta segundos, para verificar el giróscopo y el compás, Fabián se inclinaba sobre los instrumentos. No se atrevía a encender los débiles foquitos rojos, que lo deslumbraban por largo rato, pero todos los instrumentos con luces de rádium arrojaban una claridad pálida como de astros. Allí, en medio de agujas y cifras, el piloto sentía una seguridad engañadora: la de la cabina del navío sobre el cual pasan las olas. La noche, con todo su cargamento de rocas, despojos y colinas, corría contra el avión con la misma sorprendente fatalidad.
“¿Dónde estamos?”, repetía el operador.
Y Fabián emergía de nuevo y recobraba, apoyado en los mandos, su vigilia terrible. Ignoraba cuánto tiempo, cuántos esfuerzos lo libertarían de sus fuertes ligaduras. Casi dudaba de libertarse jamás, porque toda su vida la tenía puesta a ese papelito sucio y arrugado que había desplegado y leído mil veces, para alimentar su esperanza: “Trelew: cielo tres cuartos nublado, viento Oeste débil”. Si Trelew estuviera tres cuartos nublado, ya vería sus luces entre las nubes. A menos que…
La pálida claridad prometida más lejos lo invitaba a seguir; sin embargo, dudoso, garabateó para el radio: “Ignoro si podré pasar. Averígüeme si todavía hay buen tiempo detrás”.
La respuesta lo consternó:
“Comodoro avisa: imposible regreso. Tempestad”.
Comenzaba a adivinar la ofensiva insólita que, desde la cordillera de los Andes, se abatía hacia el mar. Antes que pudiera alcanzarlas, el ciclón barrería las ciudades.
—“Pregunte el tiempo a San Antonio”.
—“San Antonio contesta: levántase viento Oeste, tempestad al Oeste. Cielo nublado. San Antonio oye mal. Yo también. Creo que luego me veré obligado a remontar la antena a causa de las descargas. ¿Dará usted media vuelta? ¿Cuáles son sus proyectos?”
—“Déjeme en paz. Pregunte el tiempo a Bahía Blanca”.
—“Bahía Blanca responde: prevemos antes veinte minutos violenta tempestad Oeste Sur”.
—“Pregunte el tiempo a Trelew”.
—“Trelew contesta: huracán 30 metros segundo Oeste ráfagas, lluvia”.
—“Comunique Buenos Aires: Estamos embotellados, tempestad desarrollándose mil kilómetros, no vemos nada. ¿Qué hacemos?”
Para el piloto, esa noche no tenía riberas, puesto que no conducía a puerto alguno (todos parecían inaccesibles), ni hacia el alba: la bencina se agotaría dentro de una hora 40 minutos. Tarde o temprano, se hundirían en esa espesura.
Si hubiera podido llegar hasta el amanecer…
Fabián pensaba en el alba como en una playa de arenas doradas donde arribar después de aquella dura noche. Bajo el avión amenazado, nacerían las riberas de los llanos. La tierra firme sostendría sus granjas dormidas, sus rebaños y sus colinas. Todos los despojos que ruedan en la sombra se volverían inofensivos. Si pudiera, ¡cómo nadaría hacia el amanecer!
Pensó que estaba cercado. Todo se resolvería, bien o mal, en aquella espesura.
Cierto. Había creído, a veces, cuando despuntaba el día, encontrar descanso.
Pero ¿para qué fijar los ojos en el Este? Allí vivía el sol; pero entre ambos mediaba tal profundidad nocturna que jamás podrían remontarla.

1930
 

miércoles, 13 de agosto de 2014

Fantasmas (Paul Auster)



A medida que pasan los días y las semanas sin que llegue ninguna carta de Castaño, la decepción de Azul se convierte en una dolorosa e irracional desesperación. Pero eso no es nada comparado con lo que siente cuando finalmente llega la carta. Porque Castaño ni siquiera contesta a lo que Azul le escribió. Me alegra tener noticias tuyas, empieza la carta, y me alegra saber que estás trabajando mucho. Parece un caso interesante. Pero no puedo decir que eche de menos nada de eso. Aquí está la buena vida para mí: me levanto temprano y pesco, paso un rato con mi mujer, leo un poco, duermo al sol, ninguna queja. Lo único que no entiendo es por qué no me vine aquí hace años.
La carta continúa en ese tono durante varias páginas, sin mencionar ni una sola vez el tema de los tormentos y preocupaciones de Azul. Éste se siente traicionado por el hombre que en otro tiempo fue como un padre para él y cuando termina la carta se siente vacío, como si le hubieran sacado el relleno a golpes. Estoy solo, piensa, ya no hay nadie a quien pueda recurrir. A esto le siguen varias horas de abatimiento y autocompasión, durante las cuales Azul piensa una o dos veces que quizá le valdría más morirse. Pero finalmente sale de la depresión. Porque Azul es un tipo sólido en general, menos dado a los pensamientos sombríos que la mayoría, y si hay momentos en los siente que el mundo es un lugar asqueroso, ¿quiénes somos nosotros para reprochárselo? Cuando llega la hora de la cena, incluso ha empezado a ver el lado positivo. Quizá sea éste su mayor talento: no que no se desespere, sino que nunca se desespera por mucho tiempo. Podría ser una buena cosa después de todo, se dice. Quizá sea mejor estar solo que depender de alguien. Azul piensa en esto durante un rato y decide que hay algo favorable en ello. Ya no es un aprendiz. Ya no tiene un maestro por encima. Soy mi propio jefe, se dice. Soy mi propio jefe, no tengo que rendirle cuentas a nadie excepto a mí mismo.
Inspirado por este nuevo enfoque, descubre que al fin ha encontrado el valor necesario para ponerse en contacto con la futura señora Azul. Pero cuando coge el teléfono y marca su número, no hay respuesta. Esto es una decepción, pero no se amilana. Volveré a intentarlo en algún otro momento, se dice. Pronto.
Los días siguen pasando. Una vez más Azul se pone a tono con Negro, quizá incluso más armoniosamente que antes. Al hacerlo, descubre la inherente paradoja de su situación. Porque cuanto más unido a Negro se siente, menos necesita pensar en él. En otras palabras, cuanto más profundamente enredado está, más libre se siente. Lo que lo hunde no es la implicación sino la separación. Porque sólo cuando Negro parece distanciarse, tiene él que salir a buscarle, y esto lleva tiempo y esfuerzo, por no hablar de lucha. En los momentos en que se siente más próximo a Negro, sin embargo, puede incluso empezar a llevar una apariencia de vida independiente. Al principio no es muy osado en lo que se permite hacer, pero incluso así lo considera una especie de triunfo, casi un acto de valentía. Salir a la calle, por ejemplo, y andar arriba y debajo de la manzana. Por pequeño que parezca, este gesto le llena de felicidad, y mientras sube y baja por la calle Naranja con ese agradable tiempo primaveral, se alegra de estar vivo como no lo ha hecho desde hace unos años. A un extremo hay una vista de río, la bahía, los rascacielos de Manhattan, los puentes. Azul encuentra bellísimo todo eso y algunos días y algunos días hasta se permite sentarse varios minutos en uno de los bancos y mirar los barcos. En la otra dirección está la iglesia y a veces Azul se sienta en el pequeño jardín de hierba durante un rato, estudiando la estatua de bronce de Henry Ward Beecher. Dos esclavos se agarran a las piernas de Beecher, como suplicándole que les ayude, que les haga libres al fin, y en la pared de ladrillo que está detrás hay un bajorrelieve de porcelana de Abraham Lincoln. Azul no puede remediar sentirse inspirado por esas imágenes y cada vez que acude al jardín de la iglesia se cabeza se llena de nobles pensamientos acerca de la dignidad del hombre.
Poco a poco se vuelve más audaz en su deambular. Estamos en 1947, el año en que Jackie Robinson empieza a jugar con los Dodgers, y Azul sigue sus progresos atentamente, recordando el jardín de la iglesia y sabiendo que hay algo más en ello que simplemente béisbol. Una luminosa tarde de un martes de mayo decide hacer una excursión a Ebbetts Field y cuando deja atrás a Negro en su habitación de la calle Naranja, encorvado sobre su mesa como de costumbre, con una pluma y sus papeles, no siente ningún motivo de preocupación, seguro de que todo estará exactamente igual cuando regrese. Coge el metro, se roza con la multitud, se siente lanzado hacia una sensación de inmediatez. Mientras toma asiento en el estadio, le choca la nítida claridad de los colores que le rodean: la hierba verde, la tierra marrón, el balón blanco, el cielo azul. Cada cosa es distinta de todas las demás, totalmente separada y definida, y la simplicidad geométrica del dibujo le impresiona por su fuerza. Viendo el partido, le resulta difícil separar los ojos de Robinson, constantemente atraído por la negrura de su cara, y piensa que debe de necesitarse mucho valor para hacer lo que él está haciendo, estar solo delante de tantos desconocidos, con la mitad de ellos sin duda deseándole la muerte. Mientras el partido continúa, Azul se descubre vitoreando todo lo que hace Robinson, y cuando el negro gana una base en la tercera entrada, Azul se pone de pie, y más tarde, en la séptima, cuando Robinson dobla contra la pared de la izquierda, él aporrea la espalda del hombre que tiene al lado de pura alegría. Los Dodgers sacan en la novena con un bombo de sacrificio y mientras Azul sale arrastrando los pies con el resto de la gente y se dirige a su casa se le ocurre que Negro no le ha pasado por la cabeza ni una sola vez.
Pero los partidos son sólo el principio. Ciertas noches, cuando Azul tiene claro que Negro no irá a ninguna parte, se va a un bar no lejos de allí a tomarse una o dos cervezas, disfrutando de las conversaciones que a veces tiene con el barman, que se llama Rojo y tiene un extraño parecido con Verde, el barman del caso Gris de hace tanto tiempo. Una furcia de aspecto desaliñado que se llama Violeta frecuenta el bar y una o dos veces Azul consigue emborracharla lo suficiente como para que ella le invite a su casa, que está a la vuelta de la esquina. Azul sabe que le agrada bastante porque ella nunca le cobra, pero también sabe que eso no tiene nada que ver con el amor. Ella le llama cielo y su carne es suave y abundante, pero siempre que se toma una copa de más se echa a llorar y entonces Azul tiene que consolarla, y secretamente se pregunta si vale la pena. Su sentimiento de culpa hacia la futura señora Azul es escaso, sin embargo, ya que justifica estas sesiones con Violeta comparándose a sí mismo con un soldado que está haciendo la guerra en otro país. Cualquier hombre necesita un poco de consuelo, especialmente cuando mañana le puede tocar a él. Y, además, él no es de piedra, se dice.


1986



martes, 17 de junio de 2014

Camino de Los Ángeles (John Fante)



19
Mona y mi madre estaban ya acostadas. Mi madre roncaba suavemente. El sofá de la sala estaba abierto, la cama hecha y la almohada ahuecada. Me desnudé y me acosté. Pasaron los minutos. No podía dormir. Me puse boca arriba y luego de lado. Luego probé boca abajo. Pasaron más minutos. Los oía en el tictac del reloj que tenía mi madre en el dormitorio. Pasó media hora. Seguía totalmente despierto. Me di la vuelta y noté un dolor en el alma. Algo iba mal. Pasó una hora. Me irritaba ya aquello de no poder dormir, y empecé a sudar. Aparté las frazadas a puntapiés y me quedé acostado, tratando de pensar algo. Tenía que levantarme temprano. No rendiría en la fábrica si no descansaba debidamente. Pero tenía los ojos pegajosos y me picaban cuando los cerraba.
Era por aquella mujer. Era por el bamboleo de su forma avanzando por la calle, la entrevista blancura de su tez enfermiza. La cama se me hizo insoportable. Di la luz y encendí un cigarrillo. Me quemó la garganta. Lo tiré y resolví dejar de fumar para siempre.
Otra vez a dormir. Di más vueltas. Aquella mujer. ¡Cuánto la amaba! Su encogimiento, el desamparo de sus ojos atormentados, la piel de su cuello, la carrera de su media, el sentimiento en mi pecho, el color de su abrigo, la fugacidad de su cara entrevista, el hormigueo de mis dedos, la estela que dejaba andando por la calle, la frialdad de las titilantes estrellas, la calidez del cuarto creciente, el sabor de la cerilla, el olor del mar, la suavidad de la noche, los estibadores, el impacto de las bolas de billar, las ráfagas de música, su encogimiento, la música de su taconeo, su andar perseverante, el viejo con el libro, la mujer, la mujer, la mujer.
Tuve una idea. Aparté las frazadas y salté de la cama. ¡Qué idea! Me cayó encima como un alud, como una casa que se derrumba, como un vidrio que se rompe. Estaba ardiendo y desquiciado. Había papel y lápices en el cajón. Los saqué y corrí a la cocina. En la cocina hacía frío. Encendí la estufa y abrí la trampilla. Sentado y desnudo, me puse a escribir:
Amor perdurable
o
La mujer que el hombre ama
o
Amor Omnia Vincit
por
Arturo Gabriel Bandini
Tres títulos.
¡Maravilloso! Un comienzo soberbio. ¡Tres títulos, ahí es nada! ¡Sorprendente! ¡Increíble! ¡Un genio! ¡Realmente un genio!
Y qué nombre. Ah, sonaba magnífico.
Arturo Gabriel Bandini.
Un nombre que habría que incluir entre los inmortales: un nombre para la eternidad. Arturo Gabriel Bandini. Un nombre que sonaba mejor que Dante Gabriel Rossetti. Y también él era italiano. De mi raza.
Escribí: «Arthur Banning, el multimillonario magnate del petróleo, tour de force, prima facie, petit maître, table d’hôte y gran amante de las fascinantes, hermosas, exóticas, empalagosas y consteladas mujeres de todas las partes del mundo, de todos los rincones del planeta, mujeres de Bombay, allá en la India, país del Taj Mahal, de Gandhi y Buda; mujeres de Nápoles, tierra del arte italiano y de la fantasía italiana; mujeres de la Costa Azul; mujeres del lago Banff; mujeres del lago Louise; de los Alpes suizos; del Abassador Coconut Grove de Los Ángeles, California; mujeres del famoso Pons Asinorum de Europa; este mismo Arthur Banning, descendiente de una antigua familia de Virginia, tierra de George Washington y de grandes tradiciones americanas; el mismo Arthur Banning, atractivo y alto, un metro ochenta en calcetines, distinguido, con dientes como perlas, y cierta cualidad bribona y bohemia a la que no podía resistirse ninguna mujer, este mismo Arthur Banning estaba junto a la borda de un poderoso, mundialmente famoso y deseadísimo yate americano, el Larchmont VIII, y contemplaba con ojos deletéreos, ojos masculinos, viriles y potentes, la inmersión de los rayos carmíneos, rojos y hermosos del Astro Rey, más conocido con el nombre de sol, en las sombrías, fantasmagóricas y negras aguas del océano Mediterráneo, en alguna parte del sur de Europa, en el año del Señor de mil novecientos treinta y cinco. Y allí estaba él, descendiente de una rica, famosa, poderosa y grandilocuente familia, un hombre gallardo, con el mundo a sus pies y la grande, poderosa y sorprendente fortuna de los Banning a su disposición; y no obstante; pero algo preocupaba a Arthur Banning, alto, ensombrecido, atractivo, bronceado por los rayos del Astro Rey: y, lo que le preocupaba, era que, aunque había recorrido muchos mares y tierras, y ríos, también, y aunque copulaba, y, tenía líos amorosos, todo el mundo sabía, gracias al medio de la prensa, la poderosa e insobornable prensa, que él, Arthur Banning, el descendiente, era infeliz, y aunque rico, famoso, poderoso, se hallaba solo y, prisionero del, amor. Y mientras estaba tan incisivamente allí, en la cubierta del Larchmont VIII, el mejor, más bello, más poderoso yate, que se había construido, se preguntaba si a la chica de sus sueños, la encontraría pronto, si ella, la chica, de sus sueños, se parecería algo a la chica, de sus sueños adolescentes, de cuando él era adolescente, y fantaseaba a orillas del río Potomac, en la fabulosa, rica, poderosa finca de su padre, o si sería una muchacha pobre
»Arthur Banning encendió su cara, hermosa, pipa, de brezo, y llamó a uno de sus subordinados, un simple segundo oficial, y, le pidió a este subordinado una cerilla. Este ilustre varón, un famoso, reconocido, y, experto, personaje, en el mundo de los barcos, y en el mundo naval, un hombre de reputación internacional, en el mundo de los barcos, y, del lacre, no impugnó la orden, sino que le profirió la cerilla con una respetuosa reverencia de obsequiosidad, y, el joven Banning, atractivo, alto, le dio las gracias con educación, si bien es cierto que con una pizca de alicaimiento, y, a continuación, reanudó su quijotesco fantaseo sobre la afortunada muchacha que algún día sería su prometida y la mujer de sus fantasías más delirantes.
»¡En aquel momento, un momento de silencio, estalló un grito repentino, agudo, espantoso, procedente del espantoso laberinto del salobre mar, un grito que se fundió con el golpeteo de las frígidas olas contra la proa del orgulloso, caro, famoso, Larchmont VIII, un grito de angustia, un grito de mujer! ¡Un grito de mujer! Un suplicante grito de amargo sufrimiento e inmortalidad. ¡Un grito de socorro! ¡Socorro! ¡Socorro! Con una rápida mirada a las aguas agitadas por la tormenta, el joven Arthur Banning, sufrió una intensa fotosíntesis disciplinaria, sus ojos, penetrantes, perfectos, atractivos, azules, traspasaron las aguas mientras se despojaba de su costosa frac, un frac de cien dólares, y dejó ver su juvenil esplendor, su cuerpo, joven, atractivo, atlético, curtido en los encuentros de rugby de Yale y, de fútbol, de Oxford, Inglaterra, y semejante a un dios griego su perfil se dibujó contra los rojos rayos del Astro Rey, al sumergirse en las aguas del azul Mediterráneo. ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro!, decía aquel angustioso grito de mujer indefensa, una pobre, mujer, medio desnuda, desnutrida, víctima de la miseria, vestida con ropa barata, prisionera del helado dogal de la cruda, trágica, muerte. ¿Moriría sin ayuda? Era un crisol y, sans cérémonie, y, de facto, el atractivo Arthur Banning se zambulló.»
Lo escribí de un tirón. Las ideas me venían tan aprisa que no tenía tiempo de poner los palos de las tes ni los puntos de las íes. Era el momento de descansar un poco y de leerlo desde el principio. Eso hice.
¡Aaaah!
¡Un material estupendo! ¡Soberbio! En la vida había leído nada igual. Pasmoso. Me levanté, me escupí en las manos y me las froté.
¡Vamos! ¿Quién quiere pelear conmigo? Lucharé con todos los cretinos que hay en esta sala. Puedo darle una paliza al mundo entero. Era una sensación como ninguna otra en la tierra. Yo era un fantasma. Flotaba, me elevaba, reía y flotaba. Era demasiado. ¿Quién lo habría imaginado? Que yo fuera capaz de escribir así… ¡Dios mío! ¡Pasmoso!
Fui a la ventana. Se estaba levantando la niebla. Qué niebla tan hermosa. Fijaos en la hermosa niebla. Le lancé besos. La acaricié con las manos. Querida Niebla, eres una joven vestida de blanco y yo soy una cuchara en el alféizar de la ventana. Ha sido un día caluroso, y yo estoy caliente de arriba abajo, así que por favor bésame, querida niebla. Quería saltar, quería vivir, quería morir, quería, quería dormir totalmente despierto en un sueño sin sueños. Qué cosas tan maravillosas. Qué claridad tan maravillosa. Yo era un agonizante, era los muertos y los siemprevivos. Era y no era el cielo. Había demasiado que decir y no había manera de decirlo.
Oh, fijaos en la estufa. ¡Quién lo hubiera dicho! Una estufa. Imagináoslo. Hermosa estufa. Te amo, oh estufa. En lo sucesivo te seré fiel y derramaré mi amor sobre ti a todas horas. Pégame, oh estufa. Dame un puñetazo en el ojo. Qué hermoso es tu cabello, oh estufa. Quiero mearme en el, porque te amo con locura, cariño, estufa inmortal. Y mi mano. Ahí está. Mi mano. La mano que ha escrito. Oh Señor, una mano. Y qué mano. La mano que ha escrito. Yo, tú, mi mano y Keats. John Keats, Arturo Bandini y mi mano, la mano de John Keats Bandini. Maravilloso. Oh mano grano llano piano vano grano.
Sí, yo lo escribí.
Señoras y caballeros de la comisión, de la comisión tetuda, de la comisión peluda y concienzuda, lo escribí yo, señoras y caballeros, lo escribí yo. De verdad que sí. No lo negaré: una tímida propuesta, si se me permite decirlo, una nadería. Pero gracias por sus amables palabras. Sí, los quiero a todos. Sinceramente. Amo a todos y cada uno de ustedes, anís, parchís, París, ¡achís! Amo especialmente a las mujeres, a la fémina, la fe y la mina. Que se desvistan y se adelanten. De una en una, por favor. Tú, despampanante golfa rubia. A ti te tendré la primera. Aprisa, por favor, tengo el tiempo justo. Tengo mucho que hacer. Hay poco tiempo. Soy escritor, ya sabes, mis libros, ya sabes, la inmortalidad, ya sabes, la fama, ya sabes, ya conoces la Fama, ¿no? Fama, la conoces, ¿no? La fama y todo eso, bah, bah, un simple incidente en el tiempo del hombre. Yo me limito a sentarme en esa mesita de ahí. Con un lápiz, sí. Un regalo de Dios…, ni la menor duda al respecto. Sí, creo en Dios. Desde luego. Dios. Mi querido amigo Dios. Ah, gracias, gracias. ¿La mesita? Desde luego. ¿Para el museo? Desde luego. No, no. No es necesario cobrar entrada. Los niños: que pasen gratis, sin pagar. Quiero que todos los niños la toquen. Oh, gracias. Gracias. Sí, acepto el regalo. Gracias, gracias a todos. Ahora me voy a Europa y a las Repúblicas Soviéticas. La gente de Europa me espera. Gente maravillosa, esos europeos, maravillosa. Y los rusos, los quiero, mis amigos, los rusos. Adiós, adiós. Sí, os quiero a todos. Mi obra, ya sabéis. . La totalidad: mi opus, mis libros, mis volúmenes. Adiós, adiós.
Me puse a escribir otra vez. El lápiz corría por la página. La página se llenó. Le di la vuelta. El lápiz siguió su trayecto. Otra página. De arriba abajo. Las páginas se amontonaron. Por la ventana entraba la niebla, tímida y fría. Pronto se llenó la habitación. Seguí escribiendo. Página once. Página doce.
Levanté la vista. Era de día. La niebla invadía la habitación. La estufa estaba apagada. Tenía las manos entumecidas. En el dedo en que se apoyaba el lápiz me había salido una ampolla. Me picaban los ojos. Me dolía la espalda. Apenas podía moverme a causa del frío. Pero nunca me había sentido mejor.


1936