jueves, 10 de octubre de 2013

La Congregación de los Muertos (Humberto Guzmán)

CIUDAD DE MÉXICO, 2005-2006

Era algo que de un modo o de otro me había subyugado toda la vida. No tenía nada claro. Ni siquiera era algo inconcluso, era tan sólo una idea, un concepto llamado: Emerenciano Guzmán. Pero no me abandonaba. Por eso, la nostalgia o la angustia que sentí –como en otros fines de año-, al final de 2005 y al comienzo de 2006, se transformó en su contrario: en la alegría, en la fuerza de una pasión, cuando vi renacer mi interés en el misterio y en cómo empezar a penetrar en él. Convergían diferentes razones. La más poderosa era que iba a profundizar en aquellos hechos que, después de ochenta y nueve años de acaecidos, seguían causando estragos en mi interioridad. Trataba de explicármelo. Siempre me pareció que había algo ignoto de lo que yo dependía. Había creído descubrir desde hacía mucho que buena parte de ese algo era el secreto de mi abuelo y de su muerte. Pero ahora parecía más cierto que nunca.
Como sus compañeros del Partido Liberal Revolucionario, Emerenciano había pensado por aquellos lejanos días que el triunfo definitivo estaba a la vuelta de la esquina. Si no, basta recordar que el pasado 5 de febrero de aquel año de 1917, se había promulgado la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, con lo que, estaban convencidos, se iniciaba la etapa del necesario orden y reglamentación de la Revolución mexicana. Y el 1 de mayo de ese mismo año, Venustiano Carranza había rendido la protesta de ley como presidente constitucional de la República, que garantizaría el sometimiento de los revolucionarios que todavía estaban levantados en armas: Francisco Villa y Emiliano Zapata, los más importantes entre otros grupos rebeldes –algunos reducidos ya a cuatreros y bandoleros que asolaban los pueblos-, señalados fuera de la ley una vez establecido el orden constitucional del país.
Emerenciano Guzmán, en el fondo, se consideraba una pequeña parte del engranaje. Desde 1915 había ocupado, por disposiciones del lado carrancista, el puesto de comandante de policía; luego fue regidor titular y en esos días desempeñaba el cargo de juez de letras en el Juzgado Único Municipal. Esta última función lo hacía sentirse satisfecho, porque procuraba entender lo justo y lo injusto de cada situación que trataba y en base a lo cual actuaba ex profeso.
En este marco de nueva legalidad, muchas de las elecciones de gobernadores y presidentes municipales que se habían desarrollado en la mayor parte de la República lo hicieron pacíficamente; pero en otras, no faltaron los choques de intereses entre los contendientes y éstos retomaron las armas. Salvatierra no fue la excepción. Los miembros del mismo partido político luchaban entre sí por los mejores escaños; los grupos de poder se disputaban las plazas presentes y futuras. Emerenciano Guzmán llevaba una trayectoria firme, además gozaba de popularidad, lo que era codiciado por otros, como El Relajo Ruiz, apenas regidor suplente y no se le vaticinaba ningún futuro político. Sin embargo, era sabido que todo principio era difícil. Dentro de poco, nada ni nadie detendría a los constitucionalistas, los amantes de la ley, la legitimidad y, por ende, del progreso y la modernidad que tanto necesitaba este país. Ellos no reconocían que los varios periodos presidenciales en los que gobernó el general Porfirio Díaz, su contraparte, se habían caracterizado por aquellos dos últimos objetivos, que antes que él se habían perseguido sin alcanzarse.
Vislumbraban, en suma, una realidad sobresaliente para esta nación. Lo único que faltaba era que los mexicanos dejaran las armas y se dedicaran a levantarla de las ruinas en las que la había postrado la Revolución.
(Así lo habían hecho los antepasados de hombres como Emerenciano Guzmán. Algunos de ellos habían llegado desde la distante España, y en su caso también de Italia, a la Nueva España, a colonizar, preparar la tierra, hacerla productiva, levantar casas, ranchos, fomentar la cría de ganado, así como productos, formar familias, organizar los servicios indispensables para ellos y los viajeros de las caravanas que pasaban por la zona de Yuriria. Pero, en mayo de 1835, cuando apareció en los cielos de la noche el cometa Halley, ya se habían trasladado junto con otras familias al territorio  que pronto se conocería como La Congregación. Con esfuerzo se organizaba el comercio; ha sido un pueblo de comerciantes desde sus orígenes. Se empezó a llenar de gente, de chiquillos, de ancianos, se trazaban los caminos, se fundó una vicaría y luego se levantó una iglesia y una pequeña escuela elemental para niños y otra para niñas. Como La Congregación se construyeron se construyeron muchos otros pueblos, villas y aun ciudades, desde el siglo dieciséis. Esa fue la verdadera, la pausada, pero segura e indiscutible, conquista de estas inmensas tierras americanas.)
Pensando en esto, encontré en la sección de Salvatierra de aquella página web el rubro Archivo Histórico y Administrativo. Le escribí inmediatamente a la coordinadora, Pilar González, y pregunté cuál era el procedimiento para consultar los archivos. También di la fecha del asesinato de mi abuelo, ya que era, por supuesto, el momento histórico que me interesaba. Seguí husmeando  en esa página y me topé con las siguientes líneas: “Real cédula dada en Cuenca el 12 de junio de 1642 para conceder títulos de privilegios a varias poblaciones.” “Esta licencia se otorgó conforme a lo dispuesto por Felipe IV, Rey de España, en su real cédula dada en Cuenca el 12 de junio de 1642.” “El 9 de febrero de 1644 el Virrey don García Sarmiento se Sotomayor y Marqués de Sobroso firmó el ordenamiento para la fundación de la ciudad.” “…por el presente, en nombre de su Majestad y como su Virrey y Lugarteniente, concedo licencia y facultad para que en dicho puesto y congregación del antiguo Pueblo de Chochones se funde una Ciudad de Españoles, conforme a la traza que se diese con la política, que se intitule y llame la Ciudad de San Andrés de Salvatierra.” “…con el repique de las campanas de la antigua iglesia de San Francisco y el insistente pregón de un tambor. Se reunió el pueblo en la Plaza del pueblito de Chochones, ubicado entre el molino de Gugorrón y la iglesia de San Francisco.”
Después de varias semanas e intentos frustrados con diferentes funcionarios del Ayuntamiento, el 17 de febrero de 2006 me telefonearon de Salvatierra. Era la coordinadora del Archivo Histórico. Fue una agradable sorpresa, ya creía que no iba a obtener ningún resultado mis peticiones por la Internet. Sí había alguna documentación de 1917 que me podía interesar, dijo, pero debía pedir autorización al Secretario del Ayuntamiento para facilitármela. También me confió que sí contaban con un cronista de la ciudad pero, por motivos que desconocía, un funcionario y la secretaria de la oficina del Secretario del Ayuntamiento le negaron sus referencias. De cualquier modo, quedé muy complacido por su telefonema y me dispuse a enviar la solicitud por fax para dicho Secretario. Esta solicitud tampoco tuvo respuesta. Seguí insistiendo. Dirigí mis peticiones al Instituto Federal de Acceso a la Información, pero el formato que ellos habían instalado en su página web para atender al público no pude desarrollarlo debidamente y mi solicitud se fue para mi sorpresa a Yuriria. Desde esta ciudad, el 12 de abril, me contestó una joven y bonita mujer –me lo imaginé-, que amablemente me dio el nombre y el correo electrónico del funcionario indicado en el Ayuntamiento de Salvatierra y no era el encargado del Archivo Histórico que ya conocía. Por fortuna, me había llegado otro correo, el 11 de abril, de Comunicación Social, en donde se me informaba que habían enviado mi solicitud a la Unidad de Acceso a la Información y que se pondrían en contacto conmigo. Tanta burocracia empezaba a hartarme, pero escribí a la persona que la mujer de Yuriria me recomendó y ahí fue donde obtuve la respuesta esperada. El 18 de abril, día de mi cumpleaños, recibí un correo de la Unidad de Acceso a la Información Pública de Salvatierra, pero no era la persona que me habían dicho, sino otro: Eric Solórzano. Me aclaró que si no había podido ingresar por la internet que le enviara la solicitud por fax. Esta fue la forma como se entabló, por fin, la comunicación.
El 25 de abril recibí sin más trámite un correo de esta misma persona con cuatro archivos adjuntos. Con una gran alegría, pero también preso por una emoción que me dejaba casi sin aliento, que hacía que me sudaran las manos y que no hubiera más mundo que la pantalla de la computadora, abrí uno a uno los archivos recibidos. Entonces apareció ante mí lo que nadie, absolutamente nadie, había visto durante más de ochenta y nueve años: Documentos firmados por Emerenciano Guzmán en dos de sus cargos en el Ayuntamiento, con una firma que recordaba el siglo diecinueve, pero que en la nebulosidad de ese momento se me hizo de la Nueva España. Caracteres grandes, buena caligrafía, nombre completo y una rúbrica que lo subrayaba o lo enmarcaba. Empecé a comprender que la admiración de mi padre hacia ese personaje tenía fundamento. Por sus características, tuvo que haber sido alguien visible en el pueblo. Para bien y para mal. Lo más importante era que sí había existido. El vacío que siempre me identificó comenzó a cubrirse.
Parecía algo desmedido, y lo era. Me llenó una alegría que no recordaba haber experimentado. Las sombras casi transparentes de mis antepasados pronto se delineaban como seres de carne y hueso. Había aprendido a vivir en aquel vacío durante demasiados años, más de cinco décadas, y en un sólo instante empecé a formar parte de toda una certidumbre, que no era poca cosa y que nadie podría ya escamotearme.


SALVATIERRA, 1917 

El asesino no estaba muy lejos de su víctima. De la cárcel del municipio lo tuvieron que llevar al hospital en calidad de detenido a que se recuperara de las lesiones recibidas. El Relajo era un pájaro de cuenta que, por lo menos, ya debía la vida de un policía y de su hijo, a quienes no tuvo empacho en matar de la misma manera cobarde como lo haría con Emerenciano Guzmán. Por eso era tan importante la nueva Constitución de la República, porque un día no habría lugar para esa clase de impunidad, según idealizaban algunos constitucionalistas de Salvatierra, como el propio Emerenciano. La impunidad, decían, va a desaparecer. Se referían a los acaparadores de poder a costa de la vida de los demás. En la república regida por la Constitución, afirmaban, deberán respetarse los derechos de todos, siempre y cuando no prevalezcan sobre los de los demás. Estas diferencias en los actos y en las ideas probablemente fueron el detonador para que salieran las balas asesinas. Eran tan sólo una línea de investigación. Otra posible era que El Relajo Ruiz veía en Emerenciano Guzmán a un competidor personal difícil de superar y por lo tanto había que hacerlo desaparecer. El Relajo también se creía un liberal y un político; sin embargo, para él las ideas no eran lo más importante –por eso no las tenía-, sino el poder y el poseer, conceptos que, como estas dos palabras, se parecían y se empalmaban. Lo que más le obsesionaba era la proyección local que aquél estaba logrando por esos días, lo que iba en línea paralela con el éxito del carrancismo en todo el país. Calculaba que si no lo atajaban quién sabe qué altos escaños estaría destinado. Eso no lo podría resistir ni permitir. Al principio, El Relajo sintió admiración por Emerenciano, pero con el paso del tiempo se fue convirtiendo en un odio que le costaba cada vez más en disimular...


2013

jueves, 12 de septiembre de 2013

El Gatopardo (Giuseppe Tomasi di Lampedusa)

[…] Don Pietrino ya no entendía nada; aquello resultaba cada vez más delirante: ahora salían a relucir los cuellos de camisa y los cocodrilos. Sin embargo, su sentido común de hombre de campo aún no lo abandonaba.
-¡Pero entonces, padre, se irán todos al infierno!
-¿Por qué? Algunos se perderán, otros podrán salvarse, según como hayan vivido en ese mundo de ellos, tan formal. Yo diría que Salina, por ejemplo, tiene bastantes posibilidades de salir airoso: juega bien su juego, respeta las reglas, no hace trampas; Dios Nuestro Señor castiga al que viola voluntariamente las leyes divinas que conoce, al que voluntariamente se mete por el mal camino; pero quien va por el suyo propio, siempre y cuando no se le ocurra hacer porquerías durante el trayecto, ése siempre puede estar tranquilo. Si usted, don Pietrino, vende cicuta en lugar de poleo, y lo hace a sabiendas, está perdido; pero si obra de buena fe, doña Fulana tendrá una muerte tan noble como la de Sócrates y usted se irá derechito al cielo, con túnica y alitas, todo de blanco.
La muerte de Sócrates ya fue demasiado para el herbolario; se dio por vencido y prefirió dormirse. Cuando el padre Pirrone lo advirtió, se alegró porque entonces ya podría hablar con toda libertad, sin temor a posibles equívocos; y lo que quería era hablar, plasmar en las concretas volutas de las frases esas ideas que se agitaban confusamente en su interior.
-Y también son caritativos. ¡Si supiera usted, por ejemplo, cuántas familias, que si no estarían en la calle, encuentran refugio en sus palacios! Y no piden nada a cambio, ni siquiera que se abstengan de robarles. Tampoco lo hacen con ánimo de ostentar, sino por una especie de instinto atávico que les impide obrar de otra manera. Aunque no lo parezca, son menos egoístas que muchos otros: en el esplendor de sus casas, en la pompa de sus fiestas hay un elemento impersonal, comparable quizá a la magnificencia de las iglesias y de la liturgia, algo hecho ad maiorem gentis gloriam, que en gran parte los redime; por cada copa de champán que se beben, hay otras cincuenta que convidan; y cuando tratan mal a alguien, como a veces sucede, más que de un pecado personal se trata de un acto de afirmación de su clase. Fata crescunt. Por ejemplo, don Fabrizio ha protegido y educado a su sobrino Tancredi, salvando así a un pobre huérfano que de otro modo se hubiese perdido. Me dirá que lo ha hecho porque el joven también era un señor, que por otro cualquiera no hubiese movido un dedo. Es cierto; pero ¿por qué había de hacerlo si sinceramente, en el fondo de su corazón, está convencido de que los «otros» son ejemplares defectuosos, figurillas de barro deformadas por las manos del ceramista, que no vale la pena someter a la prueba de fuego?
»Usted, don Pietrino, si en este momento no durmiese, replicaría que los señores hacen mal en despreciar a los otros y que todos, sujetos por igual a la doble esclavitud del amor y de la muerte, somos iguales ante el Creador; y yo estaría obligado a darle la razón. Sin embargo, añadiría que no es justo censurar sólo el desprecio de los «señores», porque se trata de un vicio universal.  Aunque no lo demuestre, el que enseña en la universidad desprecia al maestrillo de las escuelas parroquiales, y ahora que duerme puedo decirle a usted sin reticencia que los eclesiásticos nos consideramos superiores a los laicos, los jesuitas al resto del clero, como ustedes, los herbolarios, desprecian a los sacamuelas, quienes les pagan con la misma moneda; por su parte, los médicos se burlan de herbolarios y sacamuelas, pero sus pacientes los tratan de asnos y pretenden seguir viviendo con el hígado o el corazón hecho papilla. Para los jueces, los abogados sólo son unos latosos que intentan demorar la aplicación de las leyes; de otra parte, la literatura está llena de sátiras contra la solemnidad, la ignorancia o cosas aún peores que pueden achacárseles a los jueces. Los únicos que se desprecian a sí mismos son los labradores, y cuando aprendan a burlarse de los otros el ciclo estará cerrado y habrá que volver a empezar.
»¿Ha pensado usted alguna vez, don Pietrino, en la cantidad de nombres de oficio que se han convertido en insultos? Desde carretero o verdulera, a reitre y pompier en francés. La gente no piensa en los méritos de los carreteros o de los bomberos: sólo se fija en sus defectos marginales y los llama vulgares y fanfarrones; y ya que no puede usted escucharme le diré que conozco muy bien el significado corriente de la palabra «jesuita».
»Por lo demás, los nobles saben afrontar con dignidad las desgracias: a uno de ellos, pobrecillo, que había decidido matarse al otro día, lo vi sonriente y animado como un niño en vísperas de su primera comunión; en cambio cuando usted, don Pietrino, cuando tiene que resignarse a beber uno de sus cocimientos de sen, se enteran hasta las piedras. Los «señores» pueden montar en cólera o humillar a los demás, pero nunca les oirá usted una queja o lamentación. Más aún, le daré a usted una receta: si alguna vez se cruza con un «señor» quejumbroso, fíjese en el árbol genealógico: seguro que encontrará una rama seca.
»Es una clase difícil de suprimir, porque en el fondo se renueva constantemente, y porque, cuando es necesario, sabe morir bien, es decir, sabe arrojar una semilla en el momento del fin. Si no, mire el caso de Francia: se dejaron degollar con distinción, y allí los tiene usted igual que antes; sí, igual que antes porque la nobleza no reside en los latifundios y los derechos feudales, sino en las diferencias. Me han dicho que en París hay ahora condes polacos a quienes las insurrecciones y el despotismo han empujado al exilio y a la miseria; trabajan de cocheros pero a sus clientes burgueses les ponen una cara, que cuando los pobrecillos suben al coche lo hacen, sin saber por qué, con tal aire de humildad que diríanse perros entrando en una iglesia.
»Le diré incluso, don Pietrino, que si, como ha sucedido tantas veces, esa clase tuviera que desaparecer, de inmediato surgiría otra equivalente, con los mismos méritos y los mismos defectos; quizá ya no estaría basada en la sangre, sino, no sé… en el hecho de llevar mucho tiempo viviendo en determinado sitio o de aducir un conocimiento supuestamente más cabal de determinado texto al que se le atribuya un valor sagrado.
En eso se oyeron los pasos de la madre en la escalerilla de madera; entró riendo:
-¿Se puede saber con quién estás hablando, hijo mío? ¿Acaso no ves que tu amigo duerme?
El padre Pirrone se avergonzó un poco; en lugar de responder, dijo:
-Ahora mismo lo acompañaré hasta afuera. ¡Pobre, tendrá que soportar el frío toda la noche!
Subió la mecha del farolillo y la encendió en una llamita del candil: tuvo que ponerse de puntillas y acabó manchándose el hábito de aceite; volvió a bajarla y cerró la portezuela de cristal. Don Pietrino navegaba en el mar de los sueños; un hilillo de baba se escurría por el labio e iba cayéndole en la solapa. No fue fácil despertarlo.
-Perdóname, padre, pero decías cosas tan raras, tan complicadas…
Sonrieron, bajaron la escalera, y salieron. La noche envolvía la casita, el pueblo, el valle; apenas se divisaban los montes, cercanos y, como siempre, amenazadores. El viento había amainado, pero hacía mucho frío; todo el brillo de las estrellas, con sus millares de grados de calor, era incapaz de calentar a un pobre viejo.

(1957)

miércoles, 28 de agosto de 2013

Momo (Michael Ende)

Pero lo que más le gustaba a Gigi era contarle cuentos sólo a Momo, cuando no escuchaba nadie más. Casi siempre eran cuentos que trataban de los propios Gigi y Momo. Y sólo estaban destinados a ellos dos y eran totalmente diferentes a los que Gigi contaba en otras ocasiones.
Una noche hermosa y cálida, los dos estaban sentados callados en los escalones de piedra. En el cielo brillaban ya las primeras estrellas y la luna se perfilaba, grande y plateada, sobre las siluetas negras de los pinos.
-¿Me cuentas un cuento? –pidió Momo.
-Está bien –dijo Gigi-. ¿De quién?
-De Momo y Girolamo, si puede ser –contestó Momo.
Gigi reflexionó un momento y preguntó:
-¿Y cómo ha de llamarse?
-Quizá… ¿el cuento del espejo mágico?
Gigi asintió, pensativo:
-Eso suena bien. Veamos qué pasa.
Puso un brazo alrededor de los hombros de Momo y comenzó:
“Érase una vez una hermosa princesa llamada Momo, que vestía de seda y terciopelo y vivía muy por encima del mundo, sobre la cima de una montaña, cubierta de nieve, en un castillo de cristal.
“Tenía todo lo que se puede desear, no comía más que los manjares más finos y no bebía más que el vino más dulce. Dormía sobre almohadas de seda y se sentaba en sillas de marfil. Lo tenía todo, pero estaba completamente sola.
“Todo lo que la rodeaba, la servidumbre, las camareras, gatos, perros y pájaros, e incluso las flores, no eran más que reflejo de un espejo.
“Porque resulta que la princesa Momo tenía un espejo mágico grande, redondo y de la más pura plata. Lo enviaba cada día y cada noche por el mundo. Y el gran espejo flotaba sobre países y mares, sobre ciudades y campos. La gente que lo veía no se sorprendía, sino que decía: ‘Es la luna.’
“Y cada vez que el espejo volvía, ponía delante de la princesa todos los reflejos que había recogido durante su viaje. Los había bonitos y feos, interesantes y aburridos, según como salía. La princesa escogía los que le gustaban, mientras que simplemente tiraba los otros a un arroyo. Y los reflejos liberados volvían a sus dueños, a través del agua, mucho más de prisa de lo que te imaginas. A eso se debe que veas tu propia imagen cuando te inclinas sobre un pozo o un charco de agua.
“A todo esto, he olvidado decir que la princesa Momo era inmortal. Porque nunca se había mirado a sí misma en el espejo mágico. Pues quien veía en él su propia imagen, se volvía, por ello, mortal. Eso lo sabía muy bien la princesa Momo, y por lo tanto no lo hacía. De ese modo vivía con todas sus imágenes, jugaba con ellas y estaba bastante contenta.
“Pero un día, el espejo mágico le trajo una imagen que le interesó más que todas las otras. Era la imagen de un joven príncipe. Cuando lo vio, le entró tal nostalgia, que quería llegar hasta él como fuera. Pero, ¿cómo? No sabía dónde vivía, ni quién era, no sabía ni siquiera cómo se llamaba.
“Como no encontraba otra solución, decidió mirarse por fin en el espejo. Porque pensaba: a lo mejor el espejo llevará mi imagen hasta el príncipe. Puede que mire casualmente hacia el cielo, cuando pase el espejo, y verá mi imagen. Acaso siga el camino del espejo y me encuentre aquí.
“Así que se miró largamente en el espejo y lo envió por el mundo con su reflejo. Pero así, claro está, se había vuelto mortal.
“En seguida oirás cómo sigue esta historia, pero primero he de hablarte del príncipe.
“Este príncipe se llamaba Girolamo y vivía en un reino fabuloso. Todos los que vivían en él amaban y admiraban al príncipe. Un buen día, los ministros dijeron al príncipe: ‘Majestad, debes casarte, porque así es como debe ser.’
“El príncipe Girolamo no tenía nada que oponer, de modo que llegaron al palacio las más bellas señoritas del país, para que pudiera elegir una. Todas se habían puesto lo más guapas posible, porque todas querían casarse con él.
“Pero entre las muchachas también se había colado en el palacio un hada mala, que no tenía en las venas sangre roja y cálida, sino sangre verde y fría. Claro que eso no se le notaba, porque se había maquillado con mucho cuidado.
“Cuando el príncipe entró en el gran salón dorado del trono, para hacer su elección, ella pronunció rápidamente un conjuro, de modo que Girolamo no vio a nadie más que ella. Y además le pareció tan hermosa, que al momento le preguntó si quería ser su esposa.
“-Con mucho gusto –dijo el hada mala-, pero pongo una condición.
“-La cumpliré –respondió Girolamo, irreflexivo.
“-Está bien –contestó el hada mala, y sonrió con tanta dulzura, que el desgraciado príncipe casi se marea-, durante un año no podrás mirar el flotante espejo de plata. Si lo haces, olvidarás al instante todo lo que es tuyo. Olvidarás lo que eres en realidad y tendrás que ir al país de Hoy, donde nadie te conoce, y allí vivirás como un pobre diablo. ¿Estás de acuerdo?
“-Si no es más que eso –exclamó el príncipe Girolamo-, la condición es fácil.
“¿Qué ha ocurrido mientras tanto con la princesa Momo?
“Había esperado y esperado, pero el príncipe no había venido. Entonces decidió salir a buscarlo ella misma. Devolvió la libertad a todas las imágenes que tenía a su alrededor. Entonces bajó, totalmente sola y en sus suaves zapatillas, desde su palacio de cristal, a través de las montañas nevadas, hacia el mundo. Recorrió todos los países, hasta que llegó al país de Hoy. A estas alturas sus zapatillas estaban gastadas y tenía que ir descalza. Pero el espejo mágico con su imagen seguía flotando por el cielo.
“Una noche, el príncipe Girloamo estaba sentado en el tejado de su palacio dorado y jugaba a las damas con el hada de la sangre verde y fría. De repente cayó una gota diminuta sobre la mano del príncipe.
“-Empieza a llover –dijo el hada de la sangre verde.
“-No –contestó el príncipe-, no puede ser, porque no hay ni una sola nube en el cielo.
Y miró hacia lo alto, directamente al espejo mágico, plateado, que flotaba allí arriba. Entonces vio la imagen de la princesa Momo y observó que lloraba y que una de sus lágrimas le había caído sobre la mano. En el mismo momento se dio cuenta de que el hada lo había engañado, que no era hermosa y que en sus venas sólo tenía sangre verde y fría. Era a la princesa Momo a la que amaba en verdad.
“-Acabas de romper tu promesa –dijo el hada verde, y su cara se crispó hasta parecer la de una serpiente- y ahora has de pagarlo.
“Introdujo sus largos dedos verdes en el pecho de Girolamo, que se quedó sentado como paralizado, y le hizo un nudo en el corazón. En ese mismo instante olvidó que era el príncipe Girolamo. Salió de su palacio y de su reino como un ladrón furtivo. Caminó por todo el mundo, hasta que llegó al país de Hoy, donde vivió en adelante como un pobre inútil desconocido y que se llamaba simplemente Gigi. Lo único que había llevado consigo era la imagen del espejo mágico que desde entonces quedó vacío.
“Mientras tanto, los vestido de seda y terciopelo de la princesa Momo se habían gastado. Ahora llevaba un chaquetón de hombre, viejo, demasiado grande, y un falda de remiendos de todos los colores. Y vivía en unas ruinas.
“Aquí se encuentran un buen día. Pero la princesa Momo no reconoce al príncipe Girolamo, porque ahora es un pobre diablo. Tampoco Gigi reconoció a la princesa, porque ya no tenía ningún aspecto de princesa. Pero en la desgracia común, los dos se hicieron amigos y se consolaban mutuamente.
“Una noche, cuando volvía a flotar en el cielo el espejo mágico, que ahora estaba vacío, Gigi sacó de su bolsillo la imagen y se la enseñó a Momo. Estaba ya muy arrugada y desvaída, pero aun así, la princesa se dio cuenta en seguida que se trataba de su propia imagen. Y entonces también reconoció, bajo la máscara de pobre diablo, al príncipe Girolamo, al que siempre había buscado y por quien se había vuelto mortal. Y se lo contó todo.
“Pero Gigi movió triste la cabeza y dijo:
“-No puedo entender nada de lo que dices, porque tengo un nudo en el corazón y no puedo acordarme de nada.
“Entonces, la princesa Momo metió la mano en su pecho y desató, con toda facilidad, el nudo que tenía en el corazón. Y, de repente, el príncipe Girolamo volvió a saber quién era. Tomó a la princesa de la mano y se fue con ella muy lejos, a su país.”


Una vez que Gigi hubo concluido, ambos callaron un ratito; después Momo preguntó:
-¿Y después han sido marido y mujer?
-Creo que sí –dijo Gigi-, más tarde.
-¿Y han muerto mientras tanto?
-No –dijo Gigi con decisión-. Eso lo sé exactamente. El espejo sólo hacía a alguien mortal, cuando se miraba en él a solas. Pero si se miran dos, vuelven a ser inmortales. Y eso hicieron estos dos.
La luna se veía grande y plateada sobre los pinos negros y hacía brillar misteriosamente las viejas piedras de las ruinas. Momo y Gigi estaban sentados en silencio el uno al lado del otro y se miraron largamente en ella: sintieron con toda claridad que, durante ese instante, ambos eran inmortales.

Fragmento (1973)